/ domingo 3 de noviembre de 2019

Vagabundos: Vida en el desamparo

Aunque no se tiene una cifra exacta de cuántas personas subsisten en la calle, se calcula que son entre 250 y 300

En algunos puntos de la ciudad se localizan personas en situación de calle que viven el día a día con una maleta, bolsas y lo que su cuerpo les permita cargar; según datos de la Secretaría de Desarrollo Social del Gobierno del Estado, en el 2014 se tenían detectados entre 250 y 300 indigentes en la capital de Chihuahua, sin embargo, de acuerdo con el Departamento de Desarrollo Humano de gobierno municipal, no se tiene una contabilización actual.

Distintas asociaciones civiles y organizaciones religiosas son quienes mantienen el contacto de primera mano con los indigentes en la capital, al abrir las puertas de sus comedores comunitarios para brindarles uno o dos alimentos al día. O bien, facilitarles la cena en algunos de los puntos de la capital en donde ellos se localizan.

En el Comedor Cáritas, en la colonia Insurgentes, se atienden un promedio a 10 indigentes por día, quienes se permanecen en la zona circundante, algunos de ellos pernoctan en los puentes vehiculares cercanos.

Tal es el caso de un grupo de jóvenes supuestamente adictos que duermen bajo el puente ubicado en la avenida Juan Escutia y Tecnológico, donde, a decir de Silvia García, encargada del comedor, pasan la noche 14 hombres y una mujer.

Mientras que en temporada invernal, una vez que Protección Civil emite una alerta por las bajas temperaturas, los albergues a cargo de gobierno municipal llegan a atender hasta 25 personas sin casa que buscan un lugar para refugiarse del clima.

En la noche, a partir de las 19:00 horas, afuera de las instalaciones del hospital Morelos se observan alrededor de 10 vagabundos, quienes esperan pacientemente para recibir algo de cenar por parte de voluntarios que asisten todos los días. Unos más, se esperan a que se apaguen las luces para dormir en la banqueta, pues enfrente del hospital se encuentran varios locales, rodeados por una estructura de arcos, que sirven como cobijo de las bajas temperaturas nocturnas.

Nieves Vereta del Sol, un señor de 74 años, asiste cada que puede por un burrito y un café para calmar el hambre provocada por un largo día de trabajo, pues en esta temporada, limpiar tumbas se ha convertido en su oficio. “Yo sí tengo una casita por la colonia Nuevo Triunfo, pero hay gente que está peor que yo”, comenta el señor.

Por su parte, Jesús Rascón Mendoza, un señor de 51 años que lleva más de 15 siendo vagabundo, asegura que cayó en las calles después de un problema familiar, lo que lo llevó a estar 6 años dentro del Cereso, asegurando que la vida afuera, en los callejones de la ciudad es mejor que estar rodeado por las paredes de la cárcel.

“Para sobrevivir lavo carros o voy a las iglesias, pues ahí la gente siempre me apoya”, asegura el vagabundo, que por las noches duerme afuera del Morelos o, en ocasiones, asiste al Issste para buscar un espacio dónde dormir.

Al salir de la cárcel, Jesús, cayó en el mundo de las drogas, siendo la heroína su mayor adicción, pues asegura que en ese mundo olvida todo… sus problemas, sus pesares, simplemente desaparecen y, para él, es mejor sentirse así, aunque sea por unas horas.

De vez en cuando acude a un negocio de hamburguesas en donde trabaja, y por sus horas de servicio le dan 2 hamburguesas y 120 pesos, los cuales terminan siendo intercambiados por dosis de heroína.

José Octavio Grado López, es un vagabundo “nuevo”, como él mismo se define, pues apenas lleva 27 días en las calles. “Este mundo no es para mí, pero caí aquí porque no quería que mis hijos me vieran drogándome”, asegura José con lágrimas en los ojos.

Su historia es particular, pues hace tres meses su vida cambió por completo al despedirse de su hijo menor de un año 5 meses de edad, quien murió por una complicación.

El indigente se dedicaba a transportar indígenas para que ayudaran con el cultivo, lo que le generaba ganancias de hasta 300 pesos semanales, según indica, pues parte del cultivo era marihuana y ésa está “bien pagada”.

“Después de la muerte de mi hijo me perdí, caí en el mundo de la heroína, me vine para Chihuahua y todo empeoró porque ahorita me drogo de 7 a 8 veces al día”, comenta José, quien lleva el recuerdo de su hijo tatuado en el cuello.

La heroína le ha cambiado tanto la vida que en menos de tres meses pasó de pesar 150 kilos a 80, pues como explica, la droga te quita todo, el hambre, la angustia, el dolor… “te envuelves en un mundo mágico donde todo se siente bien”.

DEPORTADO POR UN ERROR, EN ESPERA DE LA RESOLUCIÓN

Con un semblante amigable, don Víctor García es un chihuahuense de 64 años, deportado hace 6 meses y con una vida construida desde hace más de 50 años en Florida, Estados Unidos.

Su deportación, según explica, se debe gracias a un error que un policía cometió, pues al estar casado con una ciudadana americana, Víctor contaba con su “greencard” y los beneficios que un residente tiene del otro lado de la frontera.

“Me encuentro en una situación confusa, pues de los cargos que se me acusan yo no cometí ninguno. Así fue como me sacaron del país, y perdí todo lo que me costó una vida construir”, asegura García.

Con un acento pocho, Víctor explica que en Estados Unidos se dedicaba a la matanza de ganado, el cual, es un trabajo digno que le dio una vida decente, por lo que estar ahora durmiendo en el suelo es un cambio de 180 grados que nunca imaginó vivir.

El señor se encuentra trabajando como guardia de seguridad en el Metrobús, donde le pagan 1,200 pesos a la semana, pero no le alcanza para rentar algún lugar para vivir, por lo que duerme en un espacio del hospital Morelos, donde le permiten pasar la noche.

Trabajador y confiable, así se puede definir a Víctor, pues asegura que a pesar de haberlo perdido todo por un error de la ley norteamericana, permanece optimista ante la resolución de su caso.

“Yo sólo pido que alguien me escuche y me pueda escuchar; necesito ayuda para traer mis documentos y recuperar el dinero de mi pensión allá, pues es un dinero que yo gané con años y años de trabajo”, explica Víctor.

En busca de una visa humanitaria para poder arreglar sus papeles en Estados Unidos, Víctor se encuentra trabajando para comprobarle al gobierno norteamericano su inocencia, pues al tener todos los beneficios como residente, mantiene la esperanza de que eso suceda pronto”.

“Si alguien se entera de mi situación y quiere ayudarme, yo se lo voy a agradecer mucho, pues aquí no tengo nada, ni a nadie, toda mi vida está allá, pues me fui desde los 14 años”, finaliza Víctor.

Puntos de la ciudad con mayor afluencia de indigentes: (infografía)

• Juan Escutia y avenida Tecnológico

• Hospital Morelos

• Hospital Central

• Puente de la avenida Pacheco

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Distintas asociaciones civiles y organizaciones religiosas son quienes mantienen el contacto de primera mano con los indigentes en la capital, al abrir las puertas de sus comedores comunitarios para brindarles uno o dos alimentos al día. O bien, facilitarles la cena en algunos de los puntos de la capital en donde ellos se localizan.

En el Comedor Cáritas, en la colonia Insurgentes, se atienden un promedio a 10 indigentes por día, quienes se permanecen en la zona circundante, algunos de ellos pernoctan en los puentes vehiculares cercanos.

Tal es el caso de un grupo de jóvenes supuestamente adictos que duermen bajo el puente ubicado en la avenida Juan Escutia y Tecnológico, donde, a decir de Silvia García, encargada del comedor, pasan la noche 14 hombres y una mujer.

Mientras que en temporada invernal, una vez que Protección Civil emite una alerta por las bajas temperaturas, los albergues a cargo de gobierno municipal llegan a atender hasta 25 personas sin casa que buscan un lugar para refugiarse del clima.

En la noche, a partir de las 19:00 horas, afuera de las instalaciones del hospital Morelos se observan alrededor de 10 vagabundos, quienes esperan pacientemente para recibir algo de cenar por parte de voluntarios que asisten todos los días. Unos más, se esperan a que se apaguen las luces para dormir en la banqueta, pues enfrente del hospital se encuentran varios locales, rodeados por una estructura de arcos, que sirven como cobijo de las bajas temperaturas nocturnas.

Nieves Vereta del Sol, un señor de 74 años, asiste cada que puede por un burrito y un café para calmar el hambre provocada por un largo día de trabajo, pues en esta temporada, limpiar tumbas se ha convertido en su oficio. “Yo sí tengo una casita por la colonia Nuevo Triunfo, pero hay gente que está peor que yo”, comenta el señor.

Por su parte, Jesús Rascón Mendoza, un señor de 51 años que lleva más de 15 siendo vagabundo, asegura que cayó en las calles después de un problema familiar, lo que lo llevó a estar 6 años dentro del Cereso, asegurando que la vida afuera, en los callejones de la ciudad es mejor que estar rodeado por las paredes de la cárcel.

“Para sobrevivir lavo carros o voy a las iglesias, pues ahí la gente siempre me apoya”, asegura el vagabundo, que por las noches duerme afuera del Morelos o, en ocasiones, asiste al Issste para buscar un espacio dónde dormir.

Al salir de la cárcel, Jesús, cayó en el mundo de las drogas, siendo la heroína su mayor adicción, pues asegura que en ese mundo olvida todo… sus problemas, sus pesares, simplemente desaparecen y, para él, es mejor sentirse así, aunque sea por unas horas.

De vez en cuando acude a un negocio de hamburguesas en donde trabaja, y por sus horas de servicio le dan 2 hamburguesas y 120 pesos, los cuales terminan siendo intercambiados por dosis de heroína.

José Octavio Grado López, es un vagabundo “nuevo”, como él mismo se define, pues apenas lleva 27 días en las calles. “Este mundo no es para mí, pero caí aquí porque no quería que mis hijos me vieran drogándome”, asegura José con lágrimas en los ojos.

Su historia es particular, pues hace tres meses su vida cambió por completo al despedirse de su hijo menor de un año 5 meses de edad, quien murió por una complicación.

El indigente se dedicaba a transportar indígenas para que ayudaran con el cultivo, lo que le generaba ganancias de hasta 300 pesos semanales, según indica, pues parte del cultivo era marihuana y ésa está “bien pagada”.

“Después de la muerte de mi hijo me perdí, caí en el mundo de la heroína, me vine para Chihuahua y todo empeoró porque ahorita me drogo de 7 a 8 veces al día”, comenta José, quien lleva el recuerdo de su hijo tatuado en el cuello.

La heroína le ha cambiado tanto la vida que en menos de tres meses pasó de pesar 150 kilos a 80, pues como explica, la droga te quita todo, el hambre, la angustia, el dolor… “te envuelves en un mundo mágico donde todo se siente bien”.

DEPORTADO POR UN ERROR, EN ESPERA DE LA RESOLUCIÓN

Con un semblante amigable, don Víctor García es un chihuahuense de 64 años, deportado hace 6 meses y con una vida construida desde hace más de 50 años en Florida, Estados Unidos.

Su deportación, según explica, se debe gracias a un error que un policía cometió, pues al estar casado con una ciudadana americana, Víctor contaba con su “greencard” y los beneficios que un residente tiene del otro lado de la frontera.

“Me encuentro en una situación confusa, pues de los cargos que se me acusan yo no cometí ninguno. Así fue como me sacaron del país, y perdí todo lo que me costó una vida construir”, asegura García.

Con un acento pocho, Víctor explica que en Estados Unidos se dedicaba a la matanza de ganado, el cual, es un trabajo digno que le dio una vida decente, por lo que estar ahora durmiendo en el suelo es un cambio de 180 grados que nunca imaginó vivir.

El señor se encuentra trabajando como guardia de seguridad en el Metrobús, donde le pagan 1,200 pesos a la semana, pero no le alcanza para rentar algún lugar para vivir, por lo que duerme en un espacio del hospital Morelos, donde le permiten pasar la noche.

Trabajador y confiable, así se puede definir a Víctor, pues asegura que a pesar de haberlo perdido todo por un error de la ley norteamericana, permanece optimista ante la resolución de su caso.

“Yo sólo pido que alguien me escuche y me pueda escuchar; necesito ayuda para traer mis documentos y recuperar el dinero de mi pensión allá, pues es un dinero que yo gané con años y años de trabajo”, explica Víctor.

En busca de una visa humanitaria para poder arreglar sus papeles en Estados Unidos, Víctor se encuentra trabajando para comprobarle al gobierno norteamericano su inocencia, pues al tener todos los beneficios como residente, mantiene la esperanza de que eso suceda pronto”.

“Si alguien se entera de mi situación y quiere ayudarme, yo se lo voy a agradecer mucho, pues aquí no tengo nada, ni a nadie, toda mi vida está allá, pues me fui desde los 14 años”, finaliza Víctor.

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