/ viernes 19 de junio de 2020

Si Monsiváis viviera, la pandemia sería su cocktail de escritura

Se cumplen 10 años de la muerte del cronista, coinciden especialistas que hace falta su sarcarmo y sentido del humor

Si hoy viviera Carlos Monsiváis, probablemente no hubiera salido de casa. No por la pandemia, sino porque así era él: huraño. Uno muy raro al que sí le gustaba salir, pero sólo para observar su ciudad, entre cuyos rituales se fundió con el mimetismo propio de los 13 gatos que vivían con él en su casa de la colonia Portales. Allí, en su guarida flanqueada por libros y cigarros, hace una década lo tomó por sorpresa la fibrosis pulmonar que acabaría con su vida.

Pocos como Monsi supieron detectar esa entrega casi natural que tiene el chilango hacia el relajo. Inevitable no pensar en sus sarcasmos cuando el teatro callejero que imaginó —con todo y sus embotellamientos de seres, personas y circunstancias— llegó a su fin por culpa de un enemigo invisible: el virus que vació las calles de la metrópoli más grande y caótica de América Latina.

Canal 22 recuerda Carlos Monsiváis con programación especial

“Si viviera, Monsiváis tendría mucho material para escribir durante esta pandemia. Aunque yo pienso que se reafirmaría su teoría de que la Ciudad de México, pese a ser tan catastrófica y anárquica, en situaciones de crisis se vuelve una urbe que se mesura a sí misma, como un caos organizado”, dice en entrevista el periodista Jenaro Villamil, quien fue su amigo y colaborador durante varios años.

Ya en Los rituales del caos (1995), Monsiváis dedujo esa mentalidad apocalíptica que tanto caracteriza a los capitalinos, quienes, decía, siempre viven al borde del colapso. Nada más cercano al 2020. La pandemia comprueba su teoría: “En la Ciudad de México, el catastrofismo es la fiesta de los incrédulos donde se funden la irresponsabilidad, la resignación y la esperanza”. Y entonces, cuando se lee esto, es inevitable no pensar en el vecino que no utiliza cubrebocas cuando va a la tienda, en la anciana que ya se resignó a quitar su puesto de dulces o en el optimista que cree que saldremos mejores después de la crisis. Carlos Monsiváis como profeta del caos.

“Cuánta falta nos hace hoy su sentido del humor, su sarcasmo, su agudeza plagada de brillantez que le permitía ir y venir de un tema a otro sin comprometerse a nada con absoluta libertad. La pandemia, seguro, le hubiera dado mucho material para escribir las crónicas y los ensayos a los que nos tenía acostumbrados”, comenta el poeta Mardonio Carballo.

A Monsi nunca le tocó ver a tantos chilangos confinados, ni siquiera durante la pandemia de AH1N1 en 2009. Sostenía, sin temor a equivocarse, que la intimidad en la Ciudad de México era una licencia poética: no existe. Y aseguraba que, entre la demasiada gente, cada individuo, así no lo acepte o no lo admita, se atrinchera en el mínimo espacio que la ciudad le concede. Una situación que ya se vivía desde mucho antes de la pandemia en todos esos rincones de Iztapalapa o Ecatepec en los que se hacinan familias enteras hasta que el espacio sea un mero concepto ontológico.

Porque Monsi sí que sabía de hacinamiento. Más de 26 mil libros fueron sus compañeros en las posteridades de su vida, todos ordenados como en hora pico en Periférico: nadie sabe cómo, pero cabían. Una colección digna de bibliófilo en la que convivían alquimistas de la Edad Media, Joseph Conrad y apuntes sobre Julio César Chávez. Por algo lo bautizaron como “el ajonjolí de todos los moles”. Así era él: de pipa y guante en la Sala Nezahualcóyotl o de camisa tropical al California Dancing Club.

“Monsiváis la autobiografía como proyecto de nación” | Cortesía senalc.com.

Con el virus en las calles, quizás sea complicado visitar la Biblioteca México para conocer su cosmos literario, aunque lo más probable es que alguien antes invente una vacuna contra el Covid-19 a que alguien se lea los 5 mil 948 libros, 13 mil 550 revistas y 6 mil 836 historietas que conforman este acervo, uno de los más grandes de México y cuyo valor ronda en los 13 millones de pesos (a ese precio lo compró el extinto Conaculta en 2011).

Por supuesto que entre su biblioteca también había libros de Malcolm X y Frantz Fanon. Y de muchos otros autores que hablan sobre esa tendencia colonialista de despreciar a los de abajo. O en sus propias palabras: “a la naquiza, al peladaje, al populacho ilustrado con certificado de sexto de primaria que se nutre de telenovelas, notas rojas y noticias deportivas”.

A una década de su muerte, la voz de Carlos Monsiváis sigue siendo más vigente que nunca.

“Hoy comprobamos una vez más lo que tanto decía Monsiváis sobre cómo los mexicanos somos capaces de organizarnos sin necesidad de medidas autoritarias. Le hubiera encantado ver la vida online, porque aunque nunca tuvo cuenta de Facebook, estaba muy al pendiente de las redes. Creo que diría que Black Mirror ha llegado a nuestras vidas”, concluye Villamil.

EN RECUERDO

Homenaje virtual. Nuevo catecismo para indios remisos, en voz de: Carmen Aristegui, Dolores Heredia, Muriel Richard, Héctor Bonilla, Irma Pineda, Juan Villoro, Jenaro Villamil, La Bruja de Texcoco, Fabrizio Mejía Madrid y Norma Angélica. Hoy a las 12:00 horas. Facebook: @CulturasPopularesOficial

Documentales. Yo te bendigo vida. Carlos Monsiváis. Hoy 18:00 horas y Soy optimista, creo en mi mala suerte. Carlos Monsiváis. Viernes 19 de junio. 21:00 horas, ambos por TV UNAM

El escritor estaría encantado con la vida online, diría que Black Mirror llegó a nuestra vida


Si hoy viviera Carlos Monsiváis, probablemente no hubiera salido de casa. No por la pandemia, sino porque así era él: huraño. Uno muy raro al que sí le gustaba salir, pero sólo para observar su ciudad, entre cuyos rituales se fundió con el mimetismo propio de los 13 gatos que vivían con él en su casa de la colonia Portales. Allí, en su guarida flanqueada por libros y cigarros, hace una década lo tomó por sorpresa la fibrosis pulmonar que acabaría con su vida.

Pocos como Monsi supieron detectar esa entrega casi natural que tiene el chilango hacia el relajo. Inevitable no pensar en sus sarcasmos cuando el teatro callejero que imaginó —con todo y sus embotellamientos de seres, personas y circunstancias— llegó a su fin por culpa de un enemigo invisible: el virus que vació las calles de la metrópoli más grande y caótica de América Latina.

Canal 22 recuerda Carlos Monsiváis con programación especial

“Si viviera, Monsiváis tendría mucho material para escribir durante esta pandemia. Aunque yo pienso que se reafirmaría su teoría de que la Ciudad de México, pese a ser tan catastrófica y anárquica, en situaciones de crisis se vuelve una urbe que se mesura a sí misma, como un caos organizado”, dice en entrevista el periodista Jenaro Villamil, quien fue su amigo y colaborador durante varios años.

Ya en Los rituales del caos (1995), Monsiváis dedujo esa mentalidad apocalíptica que tanto caracteriza a los capitalinos, quienes, decía, siempre viven al borde del colapso. Nada más cercano al 2020. La pandemia comprueba su teoría: “En la Ciudad de México, el catastrofismo es la fiesta de los incrédulos donde se funden la irresponsabilidad, la resignación y la esperanza”. Y entonces, cuando se lee esto, es inevitable no pensar en el vecino que no utiliza cubrebocas cuando va a la tienda, en la anciana que ya se resignó a quitar su puesto de dulces o en el optimista que cree que saldremos mejores después de la crisis. Carlos Monsiváis como profeta del caos.

“Cuánta falta nos hace hoy su sentido del humor, su sarcasmo, su agudeza plagada de brillantez que le permitía ir y venir de un tema a otro sin comprometerse a nada con absoluta libertad. La pandemia, seguro, le hubiera dado mucho material para escribir las crónicas y los ensayos a los que nos tenía acostumbrados”, comenta el poeta Mardonio Carballo.

A Monsi nunca le tocó ver a tantos chilangos confinados, ni siquiera durante la pandemia de AH1N1 en 2009. Sostenía, sin temor a equivocarse, que la intimidad en la Ciudad de México era una licencia poética: no existe. Y aseguraba que, entre la demasiada gente, cada individuo, así no lo acepte o no lo admita, se atrinchera en el mínimo espacio que la ciudad le concede. Una situación que ya se vivía desde mucho antes de la pandemia en todos esos rincones de Iztapalapa o Ecatepec en los que se hacinan familias enteras hasta que el espacio sea un mero concepto ontológico.

Porque Monsi sí que sabía de hacinamiento. Más de 26 mil libros fueron sus compañeros en las posteridades de su vida, todos ordenados como en hora pico en Periférico: nadie sabe cómo, pero cabían. Una colección digna de bibliófilo en la que convivían alquimistas de la Edad Media, Joseph Conrad y apuntes sobre Julio César Chávez. Por algo lo bautizaron como “el ajonjolí de todos los moles”. Así era él: de pipa y guante en la Sala Nezahualcóyotl o de camisa tropical al California Dancing Club.

“Monsiváis la autobiografía como proyecto de nación” | Cortesía senalc.com.

Con el virus en las calles, quizás sea complicado visitar la Biblioteca México para conocer su cosmos literario, aunque lo más probable es que alguien antes invente una vacuna contra el Covid-19 a que alguien se lea los 5 mil 948 libros, 13 mil 550 revistas y 6 mil 836 historietas que conforman este acervo, uno de los más grandes de México y cuyo valor ronda en los 13 millones de pesos (a ese precio lo compró el extinto Conaculta en 2011).

Por supuesto que entre su biblioteca también había libros de Malcolm X y Frantz Fanon. Y de muchos otros autores que hablan sobre esa tendencia colonialista de despreciar a los de abajo. O en sus propias palabras: “a la naquiza, al peladaje, al populacho ilustrado con certificado de sexto de primaria que se nutre de telenovelas, notas rojas y noticias deportivas”.

A una década de su muerte, la voz de Carlos Monsiváis sigue siendo más vigente que nunca.

“Hoy comprobamos una vez más lo que tanto decía Monsiváis sobre cómo los mexicanos somos capaces de organizarnos sin necesidad de medidas autoritarias. Le hubiera encantado ver la vida online, porque aunque nunca tuvo cuenta de Facebook, estaba muy al pendiente de las redes. Creo que diría que Black Mirror ha llegado a nuestras vidas”, concluye Villamil.

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