/ sábado 16 de febrero de 2019

La Negra Tomasa, una vieja de vapor

La otrora poderosa grúa de trenes, estrella de mil descarrilamientos, “colgó los fierros” luego de más de un siglo de recorrer los rieles

Aunque peque de soberbia les diré que nadie puede sentirse con más orgullo que yo; que ni la Máquina 501 del Charro Avitia, ni la Vieja Lola de la cinta “La niña de la mochila azul” son tan extrañadas en el mundo de los ferrocarriles como yo, “La Negra Tomasa”.

Hoy, en el todo y en la nada de mi olvido le cuento a quien desee o tenga humor de oírme las gloriosas hazañas que una y mil veces realicé como grúa de vapor, en las mismísimas entrañas de la Sierra Tarahumara, que jamás me ganó en cuanto a rudeza.

Nací en el año de 1910, en un lugar conocido como Industrial Works en Bay City, en Michigan (Estados Unidos). Pero que a nadie engañe mi edad, ni mi manera de moverme, pues todavía en pleno apogeo de la era del diésel y con varias décadas a cuestas, yo fui capaz de realizar cuanto trabajo se me encomendó con eficiencia.

Tanta fue mi longevidad, que como parte de Ferrocarriles Nacionales de México, fui manejada por al menos dos generaciones de una familia de apellido Castro, originarios de La Junta, Chihuahua.

Desconozco el origen de mi sobrenombre. Supongo que, por mi color, algún fan de la agrupación de rock mexicano Los Caifanes me nombró como su inmortal canción. No creo que haya sido en homenaje de la polémica lideresa social, pero en todo caso, el apodo es mil veces mejor que mi número de identificación: FXE110166, con el cual serví durante años a la concesión de Ferromex.

Sí, solía ser tan poderosa que sobreviví incluso a cambios de razón social. Pero si hablamos de poder en términos literales, la peculiaridad especial en mi diseño y las dimensiones de mi pluma para levantamiento, me permitían trabajar dentro de los túneles del Ferrocarril Chihuahua al Pacífico (hoy Chepe) y el esfuerzo que ejercía era lo bastante fuerte para izar pesos de más de 100 toneladas.

Por esa razón me fui haciendo famosa, insisto, más que la locomotora que corría por Sonora, y si los garroteros que me conocían no lloraban por mí, al menos sí suspiraban, pues mi eficiencia era garantía cuando las circunstancias así lo solicitaban.

Fui una de las mejores de mi oficio en atender principalmente descarrilamientos. Ahora sí que como se dice, me dirigía a todo vapor al lugar de los hechos a ayudar a compañeras de profesión en momentos de apuro.

Quizá de vieja y cansada, un mal día mi caldera original comenzó a presentar fallas de operación, lo cual provocó que perdiera fuerza y eficiencia durante las maniobras de rescate durante los accidentes.

Aun así, fui lo suficientemente poderosa como para levantarme de semejante adversidad, cuando Ferromex decidió colocarme una nueva caldera, la cual fue fabricada en la ciudad de Torreón, Coahuila.

Como si se tratase de un corazón artificial, esta caldera se fabricó con la mejor tecnología del momento, ya que se automatizó totalmente. Se le puso un sistema de encendido electrónico y se le instalaron protecciones para el mejor cuidado y conservación de sus dispositivos.

Llegué a sentirme como nueva ante estas mejoras en mi reingeniería. La operación fue un éxito, y me permitió trabajar con seguridad durante las maniobras de rescate que se me siguieron presentando, lo que aumentó mi leyenda entre el personal ferrocarrilero. Todo mundo hablaba de “La Negra Tomasa” y se encariñó conmigo.

Pero todo por servir se acaba. Estuve en funcionamiento hasta que, por ironías de esto que llamamos vida, sufrí un accidente durante el rescate de unidades de arrastre en la Sierra Tarahumara, en septiembre de 2011. Yo, que fui experta en la atención de accidentes, uno de ellos acabó con mi vida útil.

Nadie va a decir que no luché hasta el final: posterior a la volcadura, fui enviada a la ciudad de Guadalajara, Jalisco, para mi reparación. Ahí eliminaron mi caldera de vapor y en su lugar se colocó un motor diésel.

Fue el acabose. Durante mis pruebas de esfuerzo ya nunca más pude levantar cargas pesadas más allá de las 50 toneladas, por lo que opté por el retiro. Mejor eso que andar dando lástimas y viviendo sólo de las viejas glorias que serán insuperables.

No hay cosa peor que la soledad del olvido combinada con la añoranza del recuerdo agradable. Si lo sabré yo, que desde mi retiro no hago otra cosa más que suspirar por los tiempos que ya se fueron, sin poder exhalar vapor en ese ejercicio. Ya ni eso puedo.

Ahora, desvencijada y ensuciándome en los talleres del ferrocarril, olvidada como la 501 y la Vieja Lola, me entretengo contándole a furgones, carros de pasajeros y cabuses que un día, yo, “La Negra Tomasa”, recorrí las entrañas de la indómita Sierra Tarahumara…

Original

La antigua caldera de vapor de “La Negra Tomasa” fue donada al Museo Casa Redonda de Chihuahua y se encuentra en la entrada principal de lo que en algún momento fueron los talleres del Ferrocarril.

Te recomendamos:

Aunque peque de soberbia les diré que nadie puede sentirse con más orgullo que yo; que ni la Máquina 501 del Charro Avitia, ni la Vieja Lola de la cinta “La niña de la mochila azul” son tan extrañadas en el mundo de los ferrocarriles como yo, “La Negra Tomasa”.

Hoy, en el todo y en la nada de mi olvido le cuento a quien desee o tenga humor de oírme las gloriosas hazañas que una y mil veces realicé como grúa de vapor, en las mismísimas entrañas de la Sierra Tarahumara, que jamás me ganó en cuanto a rudeza.

Nací en el año de 1910, en un lugar conocido como Industrial Works en Bay City, en Michigan (Estados Unidos). Pero que a nadie engañe mi edad, ni mi manera de moverme, pues todavía en pleno apogeo de la era del diésel y con varias décadas a cuestas, yo fui capaz de realizar cuanto trabajo se me encomendó con eficiencia.

Tanta fue mi longevidad, que como parte de Ferrocarriles Nacionales de México, fui manejada por al menos dos generaciones de una familia de apellido Castro, originarios de La Junta, Chihuahua.

Desconozco el origen de mi sobrenombre. Supongo que, por mi color, algún fan de la agrupación de rock mexicano Los Caifanes me nombró como su inmortal canción. No creo que haya sido en homenaje de la polémica lideresa social, pero en todo caso, el apodo es mil veces mejor que mi número de identificación: FXE110166, con el cual serví durante años a la concesión de Ferromex.

Sí, solía ser tan poderosa que sobreviví incluso a cambios de razón social. Pero si hablamos de poder en términos literales, la peculiaridad especial en mi diseño y las dimensiones de mi pluma para levantamiento, me permitían trabajar dentro de los túneles del Ferrocarril Chihuahua al Pacífico (hoy Chepe) y el esfuerzo que ejercía era lo bastante fuerte para izar pesos de más de 100 toneladas.

Por esa razón me fui haciendo famosa, insisto, más que la locomotora que corría por Sonora, y si los garroteros que me conocían no lloraban por mí, al menos sí suspiraban, pues mi eficiencia era garantía cuando las circunstancias así lo solicitaban.

Fui una de las mejores de mi oficio en atender principalmente descarrilamientos. Ahora sí que como se dice, me dirigía a todo vapor al lugar de los hechos a ayudar a compañeras de profesión en momentos de apuro.

Quizá de vieja y cansada, un mal día mi caldera original comenzó a presentar fallas de operación, lo cual provocó que perdiera fuerza y eficiencia durante las maniobras de rescate durante los accidentes.

Aun así, fui lo suficientemente poderosa como para levantarme de semejante adversidad, cuando Ferromex decidió colocarme una nueva caldera, la cual fue fabricada en la ciudad de Torreón, Coahuila.

Como si se tratase de un corazón artificial, esta caldera se fabricó con la mejor tecnología del momento, ya que se automatizó totalmente. Se le puso un sistema de encendido electrónico y se le instalaron protecciones para el mejor cuidado y conservación de sus dispositivos.

Llegué a sentirme como nueva ante estas mejoras en mi reingeniería. La operación fue un éxito, y me permitió trabajar con seguridad durante las maniobras de rescate que se me siguieron presentando, lo que aumentó mi leyenda entre el personal ferrocarrilero. Todo mundo hablaba de “La Negra Tomasa” y se encariñó conmigo.

Pero todo por servir se acaba. Estuve en funcionamiento hasta que, por ironías de esto que llamamos vida, sufrí un accidente durante el rescate de unidades de arrastre en la Sierra Tarahumara, en septiembre de 2011. Yo, que fui experta en la atención de accidentes, uno de ellos acabó con mi vida útil.

Nadie va a decir que no luché hasta el final: posterior a la volcadura, fui enviada a la ciudad de Guadalajara, Jalisco, para mi reparación. Ahí eliminaron mi caldera de vapor y en su lugar se colocó un motor diésel.

Fue el acabose. Durante mis pruebas de esfuerzo ya nunca más pude levantar cargas pesadas más allá de las 50 toneladas, por lo que opté por el retiro. Mejor eso que andar dando lástimas y viviendo sólo de las viejas glorias que serán insuperables.

No hay cosa peor que la soledad del olvido combinada con la añoranza del recuerdo agradable. Si lo sabré yo, que desde mi retiro no hago otra cosa más que suspirar por los tiempos que ya se fueron, sin poder exhalar vapor en ese ejercicio. Ya ni eso puedo.

Ahora, desvencijada y ensuciándome en los talleres del ferrocarril, olvidada como la 501 y la Vieja Lola, me entretengo contándole a furgones, carros de pasajeros y cabuses que un día, yo, “La Negra Tomasa”, recorrí las entrañas de la indómita Sierra Tarahumara…

Original

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