/ viernes 13 de julio de 2018

Automatarme

Por un absurdo accidente sin mayores consecuencias, con las aspas de un ventilador de techo, me vino a la cabeza que uno se puede matar por un descuido; por eso pienso que se puede distinguir entre automatarse y suicidarse, pues el suicidio es un acto premeditado con un objetivo definido.

La verdad es que no vale la pena enfrascarse en una discusión sobre esto, pero me hizo pensar en que hoy en día son muchos los padres de familia que están dañando gravemente a sus hijos sin que los niños y sus progenitores se den cuenta de los errores que están cometiendo.

Diversos estudios en todo el mundo dan como resultado que en la actualidad los niños y los jóvenes tienen un muy bajo grado de resistencia a la frustración. Esto lo podemos descubrir en los berrinches que suelen hacer por cualquier cosa. Aquí el problema mayor estriba en que los padres se quedan con la idea de que este asunto es de poca importancia pues suponen que son simples niñerías.

Un alto porcentaje de los menores se mantienen ocupados con sus teléfonos celulares y juegos electrónicos, dedicando muchas horas a la semana —y no son capaces de vivir sin ellos—, lo cual les provoca un estado de tensión y ansiedad constante, pues sienten la necesidad imperiosa de atender las llamadas, los mensajes, las noticias…, de estar comunicados, dando la misma importancia a lo importante y a lo superfluo. Todo ello provoca necesariamente una actitud negativa —que puede ser incluso agresiva— cuando se les interrumpe o se les quitan estos aparatos.

Este tipo de actividades los hace “dependientes” de la tecnología, y podemos apreciar que, en definitiva, están hartos de todo y llenos de nada.

Estamos, pues, ante otro vicio, que al igual que las drogas, el alcohol, el juego, la pornografía, etc., debilita la voluntad, atrofia la mente y crea una dependencia que altera la conducta personal y, por consecuencia, las relaciones con los demás. Pero son pocos los papás que se dan cuenta de ello y tienen la capacidad de explicarles a sus hijos el daño que todo esto les provoca, y que tienen, además, la fuerza necesaria para disciplinarlos exigiendo moderación y criterio en el uso de estos medios.

www.padrealejandro.com


Por un absurdo accidente sin mayores consecuencias, con las aspas de un ventilador de techo, me vino a la cabeza que uno se puede matar por un descuido; por eso pienso que se puede distinguir entre automatarse y suicidarse, pues el suicidio es un acto premeditado con un objetivo definido.

La verdad es que no vale la pena enfrascarse en una discusión sobre esto, pero me hizo pensar en que hoy en día son muchos los padres de familia que están dañando gravemente a sus hijos sin que los niños y sus progenitores se den cuenta de los errores que están cometiendo.

Diversos estudios en todo el mundo dan como resultado que en la actualidad los niños y los jóvenes tienen un muy bajo grado de resistencia a la frustración. Esto lo podemos descubrir en los berrinches que suelen hacer por cualquier cosa. Aquí el problema mayor estriba en que los padres se quedan con la idea de que este asunto es de poca importancia pues suponen que son simples niñerías.

Un alto porcentaje de los menores se mantienen ocupados con sus teléfonos celulares y juegos electrónicos, dedicando muchas horas a la semana —y no son capaces de vivir sin ellos—, lo cual les provoca un estado de tensión y ansiedad constante, pues sienten la necesidad imperiosa de atender las llamadas, los mensajes, las noticias…, de estar comunicados, dando la misma importancia a lo importante y a lo superfluo. Todo ello provoca necesariamente una actitud negativa —que puede ser incluso agresiva— cuando se les interrumpe o se les quitan estos aparatos.

Este tipo de actividades los hace “dependientes” de la tecnología, y podemos apreciar que, en definitiva, están hartos de todo y llenos de nada.

Estamos, pues, ante otro vicio, que al igual que las drogas, el alcohol, el juego, la pornografía, etc., debilita la voluntad, atrofia la mente y crea una dependencia que altera la conducta personal y, por consecuencia, las relaciones con los demás. Pero son pocos los papás que se dan cuenta de ello y tienen la capacidad de explicarles a sus hijos el daño que todo esto les provoca, y que tienen, además, la fuerza necesaria para disciplinarlos exigiendo moderación y criterio en el uso de estos medios.

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