/ viernes 8 de marzo de 2019

Consumismos

Existen dos clases de consumismos. El primero se basa en el afán de adquisición de bienes materiales, y así podemos encontrar a muchos millones de personas en todo el mundo que viven insatisfechas y preocupadas por tener cada día más. En el segundo consumismo no se encuentran millones, sino miles de millones de individuos en todo el mundo, pues consiste en un “con su mismo” pantalón, con su misma camisa, con sus mismos zapatos… todos los días.

Nuestra cultura se apoya en una valoración excesiva de los bienes económicos que es la base del capitalismo materialista. Claro está que esto requiere de la mercadotecnia presente en el cine, la televisión y un mundo que explota a través de internet como la reacción en cadena de las bombas atómicas.

Si no se tiene el dinero para satisfacer esas necesidades —y falsas necesidades— se puede hacer uso de las peligrosas tarjetas de crédito.

Con esto no me refiero solamente a un sistema de carácter económico, sino a lo que tiene como fundamento: la inseguridad del ser humano en busca de la felicidad. Aquí es donde se corre el peligro de buscar esa seguridad en los bienes materiales y los recursos monetarios requeridos para conseguirlos.

Si estuviéramos hablando exclusivamente del mundo de los adultos el problema sería grave, pero cuando esto se contagia al ámbito de los niños y adolescentes es mucho más grave. En la actualidad los mejores suelen basar sus exigencias en una falsa conciencia de que ellos se merecen todo. Eso es, lo que se les antoja, lo que tienen los demás amigos y compañeros, lo que aparece en la publicidad…

Los menores de edad no están acostumbrados a esperar, todo lo quieren de alta calidad, y ya; es decir, cuanto antes. No están preparados para la frustración, pues sus padres les dan todo lo que pueden para que no sufran, y esto está provocando personas insatisfechas, temerosas y muy débiles. En estos días me lo decía una señora que tiene mucho sentido común cuando me hablaba de un adolescente al que describía como “frágil y lleno de humo”.

En el clásico “La guerra y la paz” de León Tolstoi, el mariscal Kutuzov dice: “Todo llega cuando tiene que llegar para quien sabe esperar”.

www.padrealejandro.com

Existen dos clases de consumismos. El primero se basa en el afán de adquisición de bienes materiales, y así podemos encontrar a muchos millones de personas en todo el mundo que viven insatisfechas y preocupadas por tener cada día más. En el segundo consumismo no se encuentran millones, sino miles de millones de individuos en todo el mundo, pues consiste en un “con su mismo” pantalón, con su misma camisa, con sus mismos zapatos… todos los días.

Nuestra cultura se apoya en una valoración excesiva de los bienes económicos que es la base del capitalismo materialista. Claro está que esto requiere de la mercadotecnia presente en el cine, la televisión y un mundo que explota a través de internet como la reacción en cadena de las bombas atómicas.

Si no se tiene el dinero para satisfacer esas necesidades —y falsas necesidades— se puede hacer uso de las peligrosas tarjetas de crédito.

Con esto no me refiero solamente a un sistema de carácter económico, sino a lo que tiene como fundamento: la inseguridad del ser humano en busca de la felicidad. Aquí es donde se corre el peligro de buscar esa seguridad en los bienes materiales y los recursos monetarios requeridos para conseguirlos.

Si estuviéramos hablando exclusivamente del mundo de los adultos el problema sería grave, pero cuando esto se contagia al ámbito de los niños y adolescentes es mucho más grave. En la actualidad los mejores suelen basar sus exigencias en una falsa conciencia de que ellos se merecen todo. Eso es, lo que se les antoja, lo que tienen los demás amigos y compañeros, lo que aparece en la publicidad…

Los menores de edad no están acostumbrados a esperar, todo lo quieren de alta calidad, y ya; es decir, cuanto antes. No están preparados para la frustración, pues sus padres les dan todo lo que pueden para que no sufran, y esto está provocando personas insatisfechas, temerosas y muy débiles. En estos días me lo decía una señora que tiene mucho sentido común cuando me hablaba de un adolescente al que describía como “frágil y lleno de humo”.

En el clásico “La guerra y la paz” de León Tolstoi, el mariscal Kutuzov dice: “Todo llega cuando tiene que llegar para quien sabe esperar”.

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