/ viernes 11 de enero de 2019

Las áreas de confort

Alejandro Cortés

La experiencia nos dice que la mayoría de las personas piensan que son buenas pues no son malas. Sin embargo, no toman en cuenta que entre el vapor y el hielo está el agua tibia. He aquí uno de los errores más dañinos tanto para ellas como para sus familias. Conformarse con no ser malos es caer en la tibieza, en la mediocridad.

Cada uno de nosotros estamos proclives a mantenernos en nuestra muy personal zona de confort. Una manifestación de ello es la inactividad o a una actividad mínima que nos permite estar cómodos evitando los esfuerzos que suponen nuestras obligaciones. Quienes viven con este patrón de conducta suelen tener miedo al compromiso. Se teme las responsabilidades del estudio, del matrimonio y de la vida en convivencia con los demás.

Esta actitud va de la mano de vicios como el egoísmo, la comodidad, la irresponsabilidad y la cobardía, tan comunes hoy en día.

Evitamos todo aquello que nos compromete, aquello que pueda cambiar nuestros planes, sobre todo si vienen de fuera, es decir que no sean producto de nuestras propias aspiraciones que con frecuencia están motivadas por los caprichos y antojos.

El niño recién nacido es absolutamente egoísta, pues no ha encontrado a los demás, primero tiene que descubrirse a sí mismo, saber de su existencia. En su mente no hay ideas, sólo necesidades: de alimentarse, de ser cobijado, de ser protegido. Todo esto no lo hace culpable, pues son consecuencias necesarias, ya que es un ser completamente desvalido. No tiene capacidad de resolver sus carencias por sí mismo. El problema está en aquellos que con el paso del tiempo se mantienen en esa inmadurez.

La mercadotecnia estimula nuestro egoísmo y el ambiente social se desliza por una pendiente en la búsqueda de la comodidad. En una caricatura aparece un orador que pregunta a su público: ¿Quiénes quieren un cambio? y todos levantaron la mano, pero después insistió: ¿Quién quiere cambiar? y nadie dijo yo.

El mandamiento más frecuente de nuestra cultura es no invadir las áreas de confort de los demás.

Para muchos millones de personas el área de confort está encerrada en ese pequeño dispositivo llamado teléfono celular.

www.padrealejandro.com


Alejandro Cortés

La experiencia nos dice que la mayoría de las personas piensan que son buenas pues no son malas. Sin embargo, no toman en cuenta que entre el vapor y el hielo está el agua tibia. He aquí uno de los errores más dañinos tanto para ellas como para sus familias. Conformarse con no ser malos es caer en la tibieza, en la mediocridad.

Cada uno de nosotros estamos proclives a mantenernos en nuestra muy personal zona de confort. Una manifestación de ello es la inactividad o a una actividad mínima que nos permite estar cómodos evitando los esfuerzos que suponen nuestras obligaciones. Quienes viven con este patrón de conducta suelen tener miedo al compromiso. Se teme las responsabilidades del estudio, del matrimonio y de la vida en convivencia con los demás.

Esta actitud va de la mano de vicios como el egoísmo, la comodidad, la irresponsabilidad y la cobardía, tan comunes hoy en día.

Evitamos todo aquello que nos compromete, aquello que pueda cambiar nuestros planes, sobre todo si vienen de fuera, es decir que no sean producto de nuestras propias aspiraciones que con frecuencia están motivadas por los caprichos y antojos.

El niño recién nacido es absolutamente egoísta, pues no ha encontrado a los demás, primero tiene que descubrirse a sí mismo, saber de su existencia. En su mente no hay ideas, sólo necesidades: de alimentarse, de ser cobijado, de ser protegido. Todo esto no lo hace culpable, pues son consecuencias necesarias, ya que es un ser completamente desvalido. No tiene capacidad de resolver sus carencias por sí mismo. El problema está en aquellos que con el paso del tiempo se mantienen en esa inmadurez.

La mercadotecnia estimula nuestro egoísmo y el ambiente social se desliza por una pendiente en la búsqueda de la comodidad. En una caricatura aparece un orador que pregunta a su público: ¿Quiénes quieren un cambio? y todos levantaron la mano, pero después insistió: ¿Quién quiere cambiar? y nadie dijo yo.

El mandamiento más frecuente de nuestra cultura es no invadir las áreas de confort de los demás.

Para muchos millones de personas el área de confort está encerrada en ese pequeño dispositivo llamado teléfono celular.

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