/ viernes 22 de mayo de 2020

Ustedes los pobres...

Es evidente que la famosa idea de Karl Marx de la "Dictadura del Proletariado", como la forma de gobierno donde los obreros industriales y los asalariados tienen el control del poder político, jamás se ha dado en los hechos.

Cuando se revisan los sistemas marxistas en todo el mundo, vemos que nunca ha gobernado la clase trabajadora. Las masas del pueblo son, en definitiva, los adoquines con los que se construyen las calles y carreteras que usan algunos para llegar al poder, para terminar tomando decisiones que favorecen a unos cuantos, lógicamente distintos a quienes gobernaban injustamente antes, pero sin poder garantizar que quienes sustituyen a los opresores sean los gobernantes adecuados por su inteligencia y honradez, trabajando en busca del bien común.

En nuestra realidad, la idea, o mejor dicho, el sentimiento más frecuente es la insatisfacción. Vivimos en una sociedad inconforme, encuadrada en un marco político imperfecto, y en un ambiente impregnado por una mercadotecnia que nos promete hacernos felices si conseguimos los recursos necesarios para alcanzar el disfrute de muchos “satisfactores” que no nos satisfacen, pues siempre queremos más.

Los criterios que rigen la vida de mucha gente se estructuran con base en lo que considere placentero el grupo al que se pertenece o se quiere pertenecer. Lo que para ellos es valioso, y con mucha frecuencia no es lo que consideren correcto, sino lo que les produce sensaciones de bienestar. Aquí aparece la importancia de luchar por la pertenencia a un grupo o sociedad que puede ser de dos personas o de muchos miles, o millones, como lo demuestra la historia. (Pensemos en la Alemania nazi como un claro ejemplo de ello).

Son muchos los jóvenes desesperados por no poder acudir a los antros, y algunos de ellos con el miedo de que, cuando puedan hacerlo, irán con miedo de ser asaltados o secuestrados, pues la crisis económica arrastrará necesariamente un crecimiento de la violencia social como el que se vivió hace una década. Pero, a estos mismos jóvenes no les preocupa cómo pueden ellos colaborar para resolver los problemas del desempleo.


Viviendo en un mismo planeta, y siendo ciudadanos de un mismo país, somos habitantes de mundos muy distintos. Cada día crece la incertidumbre en el ámbito político, pero el egoísmo nos traga como un torbellino sin permitirnos salir al mundo de los demás. Quienes con esfuerzos han podido vivir en las así llamadas clases acomodadas, sufren pensando en que podrán perder lo que tienen.

El Papa Francisco nos propone en una frase muy simple, un programa sumamente ambicioso y comprometedor: “Crear una cultura del encuentro”. Considero que, entre otras cosas, esta idea nos debe llevar a reconocer al otro, sanar heridas, construir puentes, estrechar lazos y ayudarnos mutuamente a llevar las cargas. Esto tiene, sin duda, la fragancia del auténtico cristianismo.


www.padrealejandro.org

Es evidente que la famosa idea de Karl Marx de la "Dictadura del Proletariado", como la forma de gobierno donde los obreros industriales y los asalariados tienen el control del poder político, jamás se ha dado en los hechos.

Cuando se revisan los sistemas marxistas en todo el mundo, vemos que nunca ha gobernado la clase trabajadora. Las masas del pueblo son, en definitiva, los adoquines con los que se construyen las calles y carreteras que usan algunos para llegar al poder, para terminar tomando decisiones que favorecen a unos cuantos, lógicamente distintos a quienes gobernaban injustamente antes, pero sin poder garantizar que quienes sustituyen a los opresores sean los gobernantes adecuados por su inteligencia y honradez, trabajando en busca del bien común.

En nuestra realidad, la idea, o mejor dicho, el sentimiento más frecuente es la insatisfacción. Vivimos en una sociedad inconforme, encuadrada en un marco político imperfecto, y en un ambiente impregnado por una mercadotecnia que nos promete hacernos felices si conseguimos los recursos necesarios para alcanzar el disfrute de muchos “satisfactores” que no nos satisfacen, pues siempre queremos más.

Los criterios que rigen la vida de mucha gente se estructuran con base en lo que considere placentero el grupo al que se pertenece o se quiere pertenecer. Lo que para ellos es valioso, y con mucha frecuencia no es lo que consideren correcto, sino lo que les produce sensaciones de bienestar. Aquí aparece la importancia de luchar por la pertenencia a un grupo o sociedad que puede ser de dos personas o de muchos miles, o millones, como lo demuestra la historia. (Pensemos en la Alemania nazi como un claro ejemplo de ello).

Son muchos los jóvenes desesperados por no poder acudir a los antros, y algunos de ellos con el miedo de que, cuando puedan hacerlo, irán con miedo de ser asaltados o secuestrados, pues la crisis económica arrastrará necesariamente un crecimiento de la violencia social como el que se vivió hace una década. Pero, a estos mismos jóvenes no les preocupa cómo pueden ellos colaborar para resolver los problemas del desempleo.


Viviendo en un mismo planeta, y siendo ciudadanos de un mismo país, somos habitantes de mundos muy distintos. Cada día crece la incertidumbre en el ámbito político, pero el egoísmo nos traga como un torbellino sin permitirnos salir al mundo de los demás. Quienes con esfuerzos han podido vivir en las así llamadas clases acomodadas, sufren pensando en que podrán perder lo que tienen.

El Papa Francisco nos propone en una frase muy simple, un programa sumamente ambicioso y comprometedor: “Crear una cultura del encuentro”. Considero que, entre otras cosas, esta idea nos debe llevar a reconocer al otro, sanar heridas, construir puentes, estrechar lazos y ayudarnos mutuamente a llevar las cargas. Esto tiene, sin duda, la fragancia del auténtico cristianismo.


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