/ domingo 16 de septiembre de 2018

La reputación digital

IV Y ÚLTIMA PARTE

Para Jorge Sarukhán[1], existe un desorden global digital que lo identifica con tres características: asimétrico, vulnerable y no regulado. Aunque su perspectiva es desde la geopolítica, coincide con el ambiente de las redes sociales.

Es asimétrico el desorden global, porque las conexiones que se han dado han creado grandes redes, que a estas alturas difícilmente se pueden localizar partes iguales. Las simetrías o las partes iguales son imposibles de ubicar. El orden lógico, vertical, unidireccional ha desaparecido: estamos ahora ante una estructura horizontal que a cada momento se amplía sin parámetros de una estructura ordenada. La red de redes es eso: red de redes. Y su crecimiento es exponencial a cada minuto.

La segunda característica de vulnerabilidad ha aportado, precisamente, la violación o suplantación de identidades digitales. Y a medida que va creciendo o se va extendiendo la red de redes aumentan las posibilidades de vulnerabilidad porque hay nuevas entradas o accesos. Es lo que ha desatado, cada día más, ciberataques, hackeos, piratas digitales o filtraciones.

Y por último, la falta de regulación agrava aún más, porque no hay reglas, leyes o reglamentos que establezcan las bases del uso, acceso, contenidos, limitaciones y restricciones en internet. Es un campo abierto, casi infinito en materia de información y contenidos. Es tan extenso e intenso como el mar, a tal grado de que por debajo del internet de “consumo” normal existe el “internet profundo” como un submundo donde se accede a cualquier tipo de aberración o perversión: desde contratación de asesinos a sueldo o sicarios, prostitución infantil, hasta tráfico de órganos o drogas.

Esa escasez total de regulación es lo que ha llevado a un abuso y mal uso de las redes sociales.

[1] Sarukhán, Jorge (2018) Geopolítica, redes sociales y la elección en México, revista Letras Libres, marzo 2018, México.

Fatiga de identidad

“La identidad digital es todo lo que manifestamos en el ciberespacio e incluye tanto nuestras actuaciones como la forma en la que nos perciben los demás”, dice Ana Brime Aparicio[2] al desarrollar las propiedades de esa identidad digital llamada también identidad 2.0.

Sostiene que hoy en día existe una “fatiga de identidad” debido a que los usuarios tienen demasiadas cuentas, con demasiados usuarios y contraseñas, que deben crear un archivo para guardar sus contraseñas y puedan acceder a sus cuentas. Hay ya un número exagerado de “grupos” o “chats” que se deben estar actualizando desde la primera hora de la mañana, pues hay normas nuevas de “cortesía digital” de leer, contestar e interactuar con todos los mensajes, memes, a avisos, noticias falsas, chismes y rumores. No hacerlo se puede calificar de descortesía o eliminación del grupo.

A la identidad digital le asigna ocho características que son la base de esa plataforma que se va edificando de las personas o las empresas, según el gobierno de Canarias en un documento oficial sobre las características y propiedades de la identidad digital[3].

La primera característica es la social, que en ningún momento se llega a comprobar si una identidad es real o no. Ante el usuario, no pueden demostrar si el “perfil” es auténtico o se conformó en base a supuestos y atractivos atributos.

Luego, está la subjetividad de esa identidad, pues depende del reconocimiento de los demás y de cómo perciben a la persona. La “realidad virtual” ha impulsado, como nunca, la subjetividad, por la falta de objetos tangibles y demostrables. Las redes pueden crear identidades falsas o pueden suplantar las auténticas por otras. Por eso, ahora más que nunca, la subjetividad se ha disparado porque ya se tiene una herramienta muy potente para ello: otra realidad, que llamamos virtual.

La tercera característica que señala Ana Brime Aparicio, es la que etiqueta como valiosa, porque se utiliza para investigar cómo es esa persona o empresa y así ayudar a tomar decisiones sobre ella. En otras palabras: dime cuál es tu perfil, así te podré valorar. Esto es una nueva forma de valoración en la sociedad, que desecha un currículum auténtico y demostrable y lo cambia por la reputación digital, en el sentido de que lo que dicen las redes sociales de ti, eso eres.

Sigue la condición de ser indirecta, porque no permite conocer a alguien personalmente. Por lo general, no se tiene el contacto directo y personal o se modifican las fotografías, seleccionando las que estén más arregladas o alteradas, con años o peso de menos, en lugar de ensueño o paradisiacos.

La característica cinco es la compuesta, donde la huella digital se construye por las aportaciones de la persona y de las demás personas que la rodean, sin necesidad de dar su consentimiento.

En la seis, dice que la información de la identidad puede producir efectos tanto positivos como negativos en la vida real. Es la confirmación que la virtualidad ha llegado a desplazar a la realidad. Siendo así, la realidad virtual puede impactar más que la realidad “real”.

La característica siete es la que llama contextual, que significa que la divulgación de información en un contexto erróneo puede tener un impacto en nuestra identidad digital y, por tanto, en nosotros.

Y por último, la dinámica que significa que la identidad digital está en constante cambio o modificación.

[2] Aparicio, Ana Brime (2017) Riesgos de la identidad digital, Facultad de Ingeniería Deusto, https://blogs.deusto.es/master-informática [3] http://www3.gobienrodecanarias,org/medusa/ecoescuela/seguridad/identidad-digital-profesorado/caracteristicas-y-propiedades-de-la-identidad-digital/

Las selfies y la reputación


Uno de los factores que pesan en la identidad digital son las selfies, que no son solamente unas inocentes y simpáticas auto-fotografías, sino que al ser incorporadas a la galería social pública a través de las redes sociales constituyen un elogio o crítica, alabanza o desprecio a los que aparecen en las pantallas.

Una identidad digital se va construyendo por medio de la presencia en las redes, en el número de seguidores, “likes”, visitas en Instagram para ver sus fotos, en Twitter para leer sus opiniones o comentarios, en Facebook para enterarse del quehacer de las actividades y vida de un personaje muy conocido o simplemente del ser más desconocido en el planeta.

Ahora, la reputación de las personas (caso de famosos y políticos) no está en sus acciones, decisiones o capacidad en su especialidad, sino está en la presencia, imagen o fama en las redes. La reputación online es la nueva cartilla de identidad.

Por eso en el actual ecosistema digital, los auténticos nativos digitales, que son los millennials, han convertido las redes sociales en su tarjeta de presentación, como parte normal de su personalidad, y a través de esa identidad digital buscan tener presencia y vida social.

Sin embargo, esa forma de interactuar de los millennials es suficiente para tener un sentido cultural y de manera muy normal o parte de su personalidad, sienten esa tecnología digital como una parte integrada a su vida y su entorno.

Pero además, esa forma de comunicarse la tienen integrada desde que nacieron y el ambiente digital y las diferentes herramientas o plataformas digitales son parte natural de su epidermis.

La conclusión la tomamos del profesor en Sistemas y Tecnologías de la Información Enrique Dans[4], quien al hacerse la pregunta de ¿cómo se debe plantear la reputación, la imagen de marca y la identidad en la web?, afirmó que “la red es como el mar: aliméntala con basura y mentiras, y te traerá cosas malas. Contribuye a llenarla de contenido útil y cosas buenas, y te traerá a su vez más cosas buenas”.

[4] Dans, Enrique (2013) Reputación, marca e identidad digital, revista Uno, No. 13, Centro de Ideas, Análisis y Tendencias Llorente & Cuenca, España.


Para Jorge Sarukhán[1], existe un desorden global digital que lo identifica con tres características: asimétrico, vulnerable y no regulado. Aunque su perspectiva es desde la geopolítica, coincide con el ambiente de las redes sociales.

Es asimétrico el desorden global, porque las conexiones que se han dado han creado grandes redes, que a estas alturas difícilmente se pueden localizar partes iguales. Las simetrías o las partes iguales son imposibles de ubicar. El orden lógico, vertical, unidireccional ha desaparecido: estamos ahora ante una estructura horizontal que a cada momento se amplía sin parámetros de una estructura ordenada. La red de redes es eso: red de redes. Y su crecimiento es exponencial a cada minuto.

La segunda característica de vulnerabilidad ha aportado, precisamente, la violación o suplantación de identidades digitales. Y a medida que va creciendo o se va extendiendo la red de redes aumentan las posibilidades de vulnerabilidad porque hay nuevas entradas o accesos. Es lo que ha desatado, cada día más, ciberataques, hackeos, piratas digitales o filtraciones.

Y por último, la falta de regulación agrava aún más, porque no hay reglas, leyes o reglamentos que establezcan las bases del uso, acceso, contenidos, limitaciones y restricciones en internet. Es un campo abierto, casi infinito en materia de información y contenidos. Es tan extenso e intenso como el mar, a tal grado de que por debajo del internet de “consumo” normal existe el “internet profundo” como un submundo donde se accede a cualquier tipo de aberración o perversión: desde contratación de asesinos a sueldo o sicarios, prostitución infantil, hasta tráfico de órganos o drogas.

Esa escasez total de regulación es lo que ha llevado a un abuso y mal uso de las redes sociales.

[1] Sarukhán, Jorge (2018) Geopolítica, redes sociales y la elección en México, revista Letras Libres, marzo 2018, México.

Fatiga de identidad

“La identidad digital es todo lo que manifestamos en el ciberespacio e incluye tanto nuestras actuaciones como la forma en la que nos perciben los demás”, dice Ana Brime Aparicio[2] al desarrollar las propiedades de esa identidad digital llamada también identidad 2.0.

Sostiene que hoy en día existe una “fatiga de identidad” debido a que los usuarios tienen demasiadas cuentas, con demasiados usuarios y contraseñas, que deben crear un archivo para guardar sus contraseñas y puedan acceder a sus cuentas. Hay ya un número exagerado de “grupos” o “chats” que se deben estar actualizando desde la primera hora de la mañana, pues hay normas nuevas de “cortesía digital” de leer, contestar e interactuar con todos los mensajes, memes, a avisos, noticias falsas, chismes y rumores. No hacerlo se puede calificar de descortesía o eliminación del grupo.

A la identidad digital le asigna ocho características que son la base de esa plataforma que se va edificando de las personas o las empresas, según el gobierno de Canarias en un documento oficial sobre las características y propiedades de la identidad digital[3].

La primera característica es la social, que en ningún momento se llega a comprobar si una identidad es real o no. Ante el usuario, no pueden demostrar si el “perfil” es auténtico o se conformó en base a supuestos y atractivos atributos.

Luego, está la subjetividad de esa identidad, pues depende del reconocimiento de los demás y de cómo perciben a la persona. La “realidad virtual” ha impulsado, como nunca, la subjetividad, por la falta de objetos tangibles y demostrables. Las redes pueden crear identidades falsas o pueden suplantar las auténticas por otras. Por eso, ahora más que nunca, la subjetividad se ha disparado porque ya se tiene una herramienta muy potente para ello: otra realidad, que llamamos virtual.

La tercera característica que señala Ana Brime Aparicio, es la que etiqueta como valiosa, porque se utiliza para investigar cómo es esa persona o empresa y así ayudar a tomar decisiones sobre ella. En otras palabras: dime cuál es tu perfil, así te podré valorar. Esto es una nueva forma de valoración en la sociedad, que desecha un currículum auténtico y demostrable y lo cambia por la reputación digital, en el sentido de que lo que dicen las redes sociales de ti, eso eres.

Sigue la condición de ser indirecta, porque no permite conocer a alguien personalmente. Por lo general, no se tiene el contacto directo y personal o se modifican las fotografías, seleccionando las que estén más arregladas o alteradas, con años o peso de menos, en lugar de ensueño o paradisiacos.

La característica cinco es la compuesta, donde la huella digital se construye por las aportaciones de la persona y de las demás personas que la rodean, sin necesidad de dar su consentimiento.

En la seis, dice que la información de la identidad puede producir efectos tanto positivos como negativos en la vida real. Es la confirmación que la virtualidad ha llegado a desplazar a la realidad. Siendo así, la realidad virtual puede impactar más que la realidad “real”.

La característica siete es la que llama contextual, que significa que la divulgación de información en un contexto erróneo puede tener un impacto en nuestra identidad digital y, por tanto, en nosotros.

Y por último, la dinámica que significa que la identidad digital está en constante cambio o modificación.

[2] Aparicio, Ana Brime (2017) Riesgos de la identidad digital, Facultad de Ingeniería Deusto, https://blogs.deusto.es/master-informática [3] http://www3.gobienrodecanarias,org/medusa/ecoescuela/seguridad/identidad-digital-profesorado/caracteristicas-y-propiedades-de-la-identidad-digital/

Las selfies y la reputación


Uno de los factores que pesan en la identidad digital son las selfies, que no son solamente unas inocentes y simpáticas auto-fotografías, sino que al ser incorporadas a la galería social pública a través de las redes sociales constituyen un elogio o crítica, alabanza o desprecio a los que aparecen en las pantallas.

Una identidad digital se va construyendo por medio de la presencia en las redes, en el número de seguidores, “likes”, visitas en Instagram para ver sus fotos, en Twitter para leer sus opiniones o comentarios, en Facebook para enterarse del quehacer de las actividades y vida de un personaje muy conocido o simplemente del ser más desconocido en el planeta.

Ahora, la reputación de las personas (caso de famosos y políticos) no está en sus acciones, decisiones o capacidad en su especialidad, sino está en la presencia, imagen o fama en las redes. La reputación online es la nueva cartilla de identidad.

Por eso en el actual ecosistema digital, los auténticos nativos digitales, que son los millennials, han convertido las redes sociales en su tarjeta de presentación, como parte normal de su personalidad, y a través de esa identidad digital buscan tener presencia y vida social.

Sin embargo, esa forma de interactuar de los millennials es suficiente para tener un sentido cultural y de manera muy normal o parte de su personalidad, sienten esa tecnología digital como una parte integrada a su vida y su entorno.

Pero además, esa forma de comunicarse la tienen integrada desde que nacieron y el ambiente digital y las diferentes herramientas o plataformas digitales son parte natural de su epidermis.

La conclusión la tomamos del profesor en Sistemas y Tecnologías de la Información Enrique Dans[4], quien al hacerse la pregunta de ¿cómo se debe plantear la reputación, la imagen de marca y la identidad en la web?, afirmó que “la red es como el mar: aliméntala con basura y mentiras, y te traerá cosas malas. Contribuye a llenarla de contenido útil y cosas buenas, y te traerá a su vez más cosas buenas”.

[4] Dans, Enrique (2013) Reputación, marca e identidad digital, revista Uno, No. 13, Centro de Ideas, Análisis y Tendencias Llorente & Cuenca, España.


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