/ martes 2 de junio de 2020

Se reactivan sin el cambio de semáforo

Muchos chihuahuenses hicieron de este primero de junio una fecha como cualquier otra en lo tocante a los protocolos sanitarios

Nueva, no; normalidad, sí. Sin caer en los extremos de la dureza de cabeza por parte de los “blancos” supremacistas que rechazan la igualdad en el género humano, muchos chihuahuenses hicieron de este primero de junio una fecha como cualquier otra en lo tocante a los protocolos sanitarios.

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Así como el domingo, Día Internacional de No Fumar, hubo gente que emuló a los chacuacos de los ingenios azucareros quizá por vicio o tal vez por llevar la contra, ayer hubo gente que en ese mismo tenor y, claro, por necesidad, salió a la calle sin las menores precauciones para ayudar a la vida en lo que mejor sabe hacer: seguir sin detenerse.

En efecto, ayer la vida siguió desde la salida de casa, para abordar el camión que lleva a las labores cotidianas, quizás haciendo de lado que otro destino del mismo autobús puede ser una nueva cuarentena personal, en el mejor de los casos.

O el hospital o el panteón, en el peor, sólo por compartir un vehículo a más del 50% de la capacidad prometida y los tubos carentes de la más elemental garantía de sanitización, toda vez que sus concesionarios, cual plañideras, se la han pasado quejándose de la falta de ayuda económica… como si la altísima cuota que cobran no les dejara ni para eso.

La existencia continuó, mientras muchos interpretaron a conveniencia las palabras de López-Gatell respecto al “adiós a Susana” y aprovecharon que otros tantos ignoran olímpicamente el rojo del semáforo para probar el exterior, peligroso e incorrecto sinónimo de libertad.

Pero muchos de los que anhelaban salir cantando “Libre soy” como Elsa, no hicieron más que aumentar la ya de por sí vasta numeralia de ciudadanos que a lo largo de los 72 días oficiales “que duró” el confinamiento le hicieron tanto caso a éste como el que muchos le hicieron al mandatario estatal sobre el uso del cubrebocas (aquí cabe hacer una aclaración: mucha gente no usa, porque está en el dilema de, o pagar la mascarilla o pagar su pasaje en camión).

Las filas afuera de casi cualquier institución eran normales durante el “encierro”. Ayer, lo único que se podría calificar como nuevo fue el aumento de sus tamaños, gracias a la gente que se “programó” desde que escuchó, cual palabras mágicas, “primero de junio” y ya no volvieron a pensar en que, de acuerdo con los más de 2 mil contagiados y contando, el peligro sigue latente en cualquier rincón del territorio estatal.

Igualmente normal era ya la existencia de las calles del Centro Histórico si bien no abarrotadas, al menos sin la menor noción de guardar la distancia. Tal vez la única novedad en este sentido fue que ya entró junio y el cielo no se ha caído en forma de lluvia.

Como la vida misma, el sol continúa su andar acostumbrado por el cielo chihuahuense, echando por tierra la teoría de que el coronavirus no resistía temperaturas superiores a los 26 grados centígrados.

Mas lo anterior poco importa, porque con o sin el bicho, decenas, quizá cientos o miles salieron a la calle ayer, como algunos ya lo habían hecho antier y antes de antier, para “rifársela” en el sentido más literal de tan mexicana expresión.

Porque no nada más se aventuraron a trabajar (de por sí muchas veces una hazaña en un “sano” estado de cosas), sino a ser participantes de un extraño juego que sólo se gana momentáneamente si se tiene la suerte de no tener contacto físico con alguien asintomático o alguna superficie que haya sido tocada por un estornudo o algún lloriqueo.

Como el Tren Maya, ese juego tiene la etiqueta de imparable, pero muchos insistieron ayer con sus acciones: la vida debe continuar. Hay que comer, y para eso hay que trabajar, y antes, salir a torear el mal. Y al parecer, a muchos ya les dio lo mismo si alguien les estornuda (o le estornuda a alguien) en la vía pública.

Tampoco se detuvo el ingenio del mexicano, mismo que, utilizado para el servicio del bien, sin duda ya hubiese encontrado, previsor, la cura contra el Covid-20. Sólo que en vez de una vacuna, hubo que conformarse con los memes respecto al “regreso” a la “nueva normalidad”, que incluyeron a AMLO con un cubrebocas a manera de opaco antifaz (al buen entendedor…)

En fin, que fue un día “nuevo” si se habla de la fecha en sí (jamás había ocurrido), pero “normal” en el sentido de que todo siguió igual. Quizá la honrosa excepción a la regla fue el operativo que se realizó en El Pasito; a sus locatarios les rompieron la… rutina.


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Nueva, no; normalidad, sí. Sin caer en los extremos de la dureza de cabeza por parte de los “blancos” supremacistas que rechazan la igualdad en el género humano, muchos chihuahuenses hicieron de este primero de junio una fecha como cualquier otra en lo tocante a los protocolos sanitarios.

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Así como el domingo, Día Internacional de No Fumar, hubo gente que emuló a los chacuacos de los ingenios azucareros quizá por vicio o tal vez por llevar la contra, ayer hubo gente que en ese mismo tenor y, claro, por necesidad, salió a la calle sin las menores precauciones para ayudar a la vida en lo que mejor sabe hacer: seguir sin detenerse.

En efecto, ayer la vida siguió desde la salida de casa, para abordar el camión que lleva a las labores cotidianas, quizás haciendo de lado que otro destino del mismo autobús puede ser una nueva cuarentena personal, en el mejor de los casos.

O el hospital o el panteón, en el peor, sólo por compartir un vehículo a más del 50% de la capacidad prometida y los tubos carentes de la más elemental garantía de sanitización, toda vez que sus concesionarios, cual plañideras, se la han pasado quejándose de la falta de ayuda económica… como si la altísima cuota que cobran no les dejara ni para eso.

La existencia continuó, mientras muchos interpretaron a conveniencia las palabras de López-Gatell respecto al “adiós a Susana” y aprovecharon que otros tantos ignoran olímpicamente el rojo del semáforo para probar el exterior, peligroso e incorrecto sinónimo de libertad.

Pero muchos de los que anhelaban salir cantando “Libre soy” como Elsa, no hicieron más que aumentar la ya de por sí vasta numeralia de ciudadanos que a lo largo de los 72 días oficiales “que duró” el confinamiento le hicieron tanto caso a éste como el que muchos le hicieron al mandatario estatal sobre el uso del cubrebocas (aquí cabe hacer una aclaración: mucha gente no usa, porque está en el dilema de, o pagar la mascarilla o pagar su pasaje en camión).

Las filas afuera de casi cualquier institución eran normales durante el “encierro”. Ayer, lo único que se podría calificar como nuevo fue el aumento de sus tamaños, gracias a la gente que se “programó” desde que escuchó, cual palabras mágicas, “primero de junio” y ya no volvieron a pensar en que, de acuerdo con los más de 2 mil contagiados y contando, el peligro sigue latente en cualquier rincón del territorio estatal.

Igualmente normal era ya la existencia de las calles del Centro Histórico si bien no abarrotadas, al menos sin la menor noción de guardar la distancia. Tal vez la única novedad en este sentido fue que ya entró junio y el cielo no se ha caído en forma de lluvia.

Como la vida misma, el sol continúa su andar acostumbrado por el cielo chihuahuense, echando por tierra la teoría de que el coronavirus no resistía temperaturas superiores a los 26 grados centígrados.

Mas lo anterior poco importa, porque con o sin el bicho, decenas, quizá cientos o miles salieron a la calle ayer, como algunos ya lo habían hecho antier y antes de antier, para “rifársela” en el sentido más literal de tan mexicana expresión.

Porque no nada más se aventuraron a trabajar (de por sí muchas veces una hazaña en un “sano” estado de cosas), sino a ser participantes de un extraño juego que sólo se gana momentáneamente si se tiene la suerte de no tener contacto físico con alguien asintomático o alguna superficie que haya sido tocada por un estornudo o algún lloriqueo.

Como el Tren Maya, ese juego tiene la etiqueta de imparable, pero muchos insistieron ayer con sus acciones: la vida debe continuar. Hay que comer, y para eso hay que trabajar, y antes, salir a torear el mal. Y al parecer, a muchos ya les dio lo mismo si alguien les estornuda (o le estornuda a alguien) en la vía pública.

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