/ miércoles 15 de mayo de 2019

Cumple Javier Contreras 40 años de profe

“Los docentes deben adaptarse a estos tiempos y hacerse amigos de la tecnología”, afirma el catedrático universitario

Innegable maestro de decenas de periodistas, filósofos y científicos de la información, tanto dentro como fuera de las aulas, Javier Contreras celebra este 2019 sus primeros 40 años en el mundo de la docencia.

Él, sin embargo, prefiere el término de “profesor”. “Porque viene de profesar” (aún como parte de la charla, salta su inevitable vocación), “es decir dar fe delante de un grupo de lo que se sabe para que, posteriormente, ese grupo también lo comparta”.

Tal ha sido su credo particular durante las cuatro décadas que lleva impartiendo clases en la Universidad Autónoma de Chihuahua, una transmisión de fe que, señala orgulloso, ha dado muchos frutos.

“Es una satisfacción muy grande detectar, desde el salón de clases, quién tiene madera para (el caso particular de) el periodismo. Orientarlo, encauzarlo y, en su momento, tenerlo en un centro de trabajo relacionado con lo que estudia y que, a la vuelta de los años, esa misma persona diga que no me equivoqué con ella respecto a su profesión”, menciona.

Respaldando lo anterior, una enorme cantidad de gente que actualmente trabaja en algo relacionado con los medios de comunicación. Algunos de los cuales todavía le dicen de cariño “profe”, aunque ya hayan transcurrido años de haber terminado su relación maestro-alumno.

Contreras comenzó muy joven en algo que, relata, jamás le ha dejado de apasionar. De hecho, comenzó como una especie de “cachirul”, pues aún no terminaba su licenciatura en Filosofía en la Máxima Casa de Estudios cuando ya se paraba a dar clases delante de un grupo.

Era el segundo lustro de la década de los setenta, cuando el profesor Francisco Flores fue nombrado director de la Facultad de Filosofía y mandó llamar a dos de sus mejores estudiantes, Eduardo Fernández y Javier Contreras, para cubrir las horas-clase que él ya no podía en Enfermería.

Como en aquel entonces esta carrera era algo técnico, no hubo impedimento para que los dos casi licenciados se desempeñaran en aquella labor que Contreras ya no soltó, y cómo hacerlo, si al tiempo en que enseñaba lo que más le gustaba (Didáctica Moderna y Metodología de la Investigación), desarrollaba a cabalidad lo aprendido en su propia especialidad.

De entonces a la fecha han pasado cuarenta años, en los cuales el profesor ha visto desfilar un sinfín de alumnos, y le ha tocado adaptarse a la evolución de éstos a las tecnologías digitales, resumido en el “coco” de muchos de sus colegas: el celular en el salón de clases.

En ese sentido, Contreras aplica un sano término medio: “Ni total tecnofobia (por parte de los docentes) ni total tecnofilia (en la parte que le corresponde a los universitarios)”, explica, diciendo que ha habido grupos en que el “aparatejo” ha convertido la clase en algo muy ameno, y otros en que de plano limita su uso.

“Antes había que dejar de tarea investigar sobre tal o cual tema o personaje, y esperarse a la otra clase para comentarlo; hoy se puede consultar el teléfono y agilizar la misma”, dice enumerando un beneficio tecnológico.

“Del otro lado, hay jóvenes que caen como en un estado de hipnosis: hacen como que están haciendo algo de la escuela, cuando en realidad están chateando y se olvidan de la realidad. Se dan cuenta hasta que sienten el silencio y las miradas del resto de sus compañeros porque no está interactuando con los demás”, muestra el reverso de la situación.

Ahí aplica la decisión de hacer un grupo, pero no de whastApp, sino de teléfonos en silencio y acomodados en su escritorio, comenzando él por poner el ejemplo y absteniéndose de tocar el aparato durante toda la clase.

Pero opina que en general, los maestros deben adaptarse a estos tiempos y hacerse amigos de la tecnología que hacen de la experiencia de la enseñanza algo más horizontal y que facilite la famosa mayéutica de Sócrates.

Recuerda que este filósofo griego a través de Platón comparó la labor del docente como la de una partera. “Ésta no da a luz, pero ayuda en el alumbramiento, es una guía en el proceso. De la misma forma, nosotros (los profesores) ayudamos a sacar lo mejor de nuestros alumnos”.

No obstante que su cumpleaños profesional es hasta septiembre, finaliza aprovechando para pedir un deseo por ser Día del Maestro: seguir en esta bella profesión dando clases y continuar descubriendo los ciudadanos del mañana, hoy.

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Innegable maestro de decenas de periodistas, filósofos y científicos de la información, tanto dentro como fuera de las aulas, Javier Contreras celebra este 2019 sus primeros 40 años en el mundo de la docencia.

Él, sin embargo, prefiere el término de “profesor”. “Porque viene de profesar” (aún como parte de la charla, salta su inevitable vocación), “es decir dar fe delante de un grupo de lo que se sabe para que, posteriormente, ese grupo también lo comparta”.

Tal ha sido su credo particular durante las cuatro décadas que lleva impartiendo clases en la Universidad Autónoma de Chihuahua, una transmisión de fe que, señala orgulloso, ha dado muchos frutos.

“Es una satisfacción muy grande detectar, desde el salón de clases, quién tiene madera para (el caso particular de) el periodismo. Orientarlo, encauzarlo y, en su momento, tenerlo en un centro de trabajo relacionado con lo que estudia y que, a la vuelta de los años, esa misma persona diga que no me equivoqué con ella respecto a su profesión”, menciona.

Respaldando lo anterior, una enorme cantidad de gente que actualmente trabaja en algo relacionado con los medios de comunicación. Algunos de los cuales todavía le dicen de cariño “profe”, aunque ya hayan transcurrido años de haber terminado su relación maestro-alumno.

Contreras comenzó muy joven en algo que, relata, jamás le ha dejado de apasionar. De hecho, comenzó como una especie de “cachirul”, pues aún no terminaba su licenciatura en Filosofía en la Máxima Casa de Estudios cuando ya se paraba a dar clases delante de un grupo.

Era el segundo lustro de la década de los setenta, cuando el profesor Francisco Flores fue nombrado director de la Facultad de Filosofía y mandó llamar a dos de sus mejores estudiantes, Eduardo Fernández y Javier Contreras, para cubrir las horas-clase que él ya no podía en Enfermería.

Como en aquel entonces esta carrera era algo técnico, no hubo impedimento para que los dos casi licenciados se desempeñaran en aquella labor que Contreras ya no soltó, y cómo hacerlo, si al tiempo en que enseñaba lo que más le gustaba (Didáctica Moderna y Metodología de la Investigación), desarrollaba a cabalidad lo aprendido en su propia especialidad.

De entonces a la fecha han pasado cuarenta años, en los cuales el profesor ha visto desfilar un sinfín de alumnos, y le ha tocado adaptarse a la evolución de éstos a las tecnologías digitales, resumido en el “coco” de muchos de sus colegas: el celular en el salón de clases.

En ese sentido, Contreras aplica un sano término medio: “Ni total tecnofobia (por parte de los docentes) ni total tecnofilia (en la parte que le corresponde a los universitarios)”, explica, diciendo que ha habido grupos en que el “aparatejo” ha convertido la clase en algo muy ameno, y otros en que de plano limita su uso.

“Antes había que dejar de tarea investigar sobre tal o cual tema o personaje, y esperarse a la otra clase para comentarlo; hoy se puede consultar el teléfono y agilizar la misma”, dice enumerando un beneficio tecnológico.

“Del otro lado, hay jóvenes que caen como en un estado de hipnosis: hacen como que están haciendo algo de la escuela, cuando en realidad están chateando y se olvidan de la realidad. Se dan cuenta hasta que sienten el silencio y las miradas del resto de sus compañeros porque no está interactuando con los demás”, muestra el reverso de la situación.

Ahí aplica la decisión de hacer un grupo, pero no de whastApp, sino de teléfonos en silencio y acomodados en su escritorio, comenzando él por poner el ejemplo y absteniéndose de tocar el aparato durante toda la clase.

Pero opina que en general, los maestros deben adaptarse a estos tiempos y hacerse amigos de la tecnología que hacen de la experiencia de la enseñanza algo más horizontal y que facilite la famosa mayéutica de Sócrates.

Recuerda que este filósofo griego a través de Platón comparó la labor del docente como la de una partera. “Ésta no da a luz, pero ayuda en el alumbramiento, es una guía en el proceso. De la misma forma, nosotros (los profesores) ayudamos a sacar lo mejor de nuestros alumnos”.

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