/ miércoles 18 de noviembre de 2020

Cuando esto pase…

Cuando esto pase voy a abrazarte tan fuerte, que no te podrás soltar. Las palabras de esta mujer, de ochenta y tantos años, me calaron hondo. Cada letra se incrustó en mi corazón, como un dardo dirigido y sin escudos. Lo dijo con la esperanza de vernos de nuevo. Me quedé callado. Después colgó el teléfono. Se fue y no la escuché jamás. Se fue y no pude evitarlo. Duele. Es de esos dolores que taladran hasta los huesos.

¿Cómo puedes evitar la muerte en medio de una pandemia que azota despiadadamente los hogares de amigos, familiares y desconocidos que veías pasar por la ventana que algún día, León Felipe Camino describió como “todo por esa ventana pasa, y la muerte, también pasa”?

Qué ironía: hay seres humanos alérgicos a los abrazos. Son de esas personas secas, aparentemente enemigas de muestras físicas de afecto. Hoy, un abrazo es lo más esperado, el anhelo que cada día se ve más lejano. Hace medio año, no más, decíamos que “cuando esto pase nos reuniremos para reírnos de la cuarentena…”, “Cuando esto pase, vamos a comer y beber hasta agotarnos”.

Esta es la lección más larga, dolorosa y angustiante que hayamos tenido, como sociedad, en décadas. Nos ha puesto en un punto de referencia: antes y después de la pandemia. Los mexicanos somos ese pueblo romántico que tiene, entre sus muy variadas costumbres culturales, acompañar a nuestros muertos hasta su última morada.

Hoy, nuestros seres queridos se mueren y se van solos, del hospital a la funeraria, y de ahí al cementerio o los hornos de incineración. Está prohibido que los deudos reciban las muestras de afecto que en ese trance de dolor necesitan.

Hoy nuestras familias, por muy cerca que estén de nuestro hogar, deben vivir separadas porque corremos el riesgo de contagiarnos y, en quienes son vulnerables, un abrazo es veneno puro. Nos hablamos por teléfono, nos vemos en videoconferencias, hacemos enlaces cibernéticos, pero… nos falta algo: un abrazo.

Dice uno de mis mejores amigos que soy un ridículo cuando escribo estas cosas del corazón pero, hoy, no me detengo: tengo ganas de un abrazo. Quisiera abrazar a mis amigos, a la gente que quiero, a mi familia, a mis compañeros, quienes necesito. Y no puedo.

Cuando esto pase quiero un abrazo, porque es la expresión más pura del ser humano que requiere afecto y ofrece lo mismo; cuando esto pase voy a abrazar a mis hermanos, a mi madre, a mis sobrinos, a mis hermanas, tías y primos.

Cuando esto pase quiero abrazar a esa hermosa mujer de siete décadas y con desenfadadas canas que todos los días me entrega el periódico en la puerta de mi casa y a la que nunca le puse más atención que pagarle casa semana; cuando esto pase, iré a la casa de mi vecino, ese que cada mañana levanta su mano derecha para saludarme, y abrazarlo.

Cuando esto pase regresaré a la mesa del dominó que dejamos, mis amigos y yo, un martes de marzo con la intención de vernos en siete días y no pudimos hacerlo más; cuando esto pase quiero llorar en los brazos de mi madre y dejar que mis hijas lo hagan en los míos, al fin y al cabo, las lágrimas acuden por el sentimiento más profundo.

Cuando esto pase quiero abrazar a quienes perdieron a su padre, madre, hermanos, hijas y no pude estar ahí, en el doloroso momento de la despedida; quiero un abrazo que reconforte y aliente, porque también se fueron de mi vida personas amadas. Tenemos que recuperar el tiempo perdido, porque esta pandemia nos lastimó en lo más preciado del alma.

Cuando esto pase quiero respirar ese oxígeno que hoy tiene precio por ser un producto de primera necesidad; quiero volver a abrazar a mis amigos y, por qué no, también a mis enemigos. Yo sólo escribo cosas comunes.

Cuando esto pase voy a abrazarte tan fuerte, que no te podrás soltar. Las palabras de esta mujer, de ochenta y tantos años, me calaron hondo. Cada letra se incrustó en mi corazón, como un dardo dirigido y sin escudos. Lo dijo con la esperanza de vernos de nuevo. Me quedé callado. Después colgó el teléfono. Se fue y no la escuché jamás. Se fue y no pude evitarlo. Duele. Es de esos dolores que taladran hasta los huesos.

¿Cómo puedes evitar la muerte en medio de una pandemia que azota despiadadamente los hogares de amigos, familiares y desconocidos que veías pasar por la ventana que algún día, León Felipe Camino describió como “todo por esa ventana pasa, y la muerte, también pasa”?

Qué ironía: hay seres humanos alérgicos a los abrazos. Son de esas personas secas, aparentemente enemigas de muestras físicas de afecto. Hoy, un abrazo es lo más esperado, el anhelo que cada día se ve más lejano. Hace medio año, no más, decíamos que “cuando esto pase nos reuniremos para reírnos de la cuarentena…”, “Cuando esto pase, vamos a comer y beber hasta agotarnos”.

Esta es la lección más larga, dolorosa y angustiante que hayamos tenido, como sociedad, en décadas. Nos ha puesto en un punto de referencia: antes y después de la pandemia. Los mexicanos somos ese pueblo romántico que tiene, entre sus muy variadas costumbres culturales, acompañar a nuestros muertos hasta su última morada.

Hoy, nuestros seres queridos se mueren y se van solos, del hospital a la funeraria, y de ahí al cementerio o los hornos de incineración. Está prohibido que los deudos reciban las muestras de afecto que en ese trance de dolor necesitan.

Hoy nuestras familias, por muy cerca que estén de nuestro hogar, deben vivir separadas porque corremos el riesgo de contagiarnos y, en quienes son vulnerables, un abrazo es veneno puro. Nos hablamos por teléfono, nos vemos en videoconferencias, hacemos enlaces cibernéticos, pero… nos falta algo: un abrazo.

Dice uno de mis mejores amigos que soy un ridículo cuando escribo estas cosas del corazón pero, hoy, no me detengo: tengo ganas de un abrazo. Quisiera abrazar a mis amigos, a la gente que quiero, a mi familia, a mis compañeros, quienes necesito. Y no puedo.

Cuando esto pase quiero un abrazo, porque es la expresión más pura del ser humano que requiere afecto y ofrece lo mismo; cuando esto pase voy a abrazar a mis hermanos, a mi madre, a mis sobrinos, a mis hermanas, tías y primos.

Cuando esto pase quiero abrazar a esa hermosa mujer de siete décadas y con desenfadadas canas que todos los días me entrega el periódico en la puerta de mi casa y a la que nunca le puse más atención que pagarle casa semana; cuando esto pase, iré a la casa de mi vecino, ese que cada mañana levanta su mano derecha para saludarme, y abrazarlo.

Cuando esto pase regresaré a la mesa del dominó que dejamos, mis amigos y yo, un martes de marzo con la intención de vernos en siete días y no pudimos hacerlo más; cuando esto pase quiero llorar en los brazos de mi madre y dejar que mis hijas lo hagan en los míos, al fin y al cabo, las lágrimas acuden por el sentimiento más profundo.

Cuando esto pase quiero abrazar a quienes perdieron a su padre, madre, hermanos, hijas y no pude estar ahí, en el doloroso momento de la despedida; quiero un abrazo que reconforte y aliente, porque también se fueron de mi vida personas amadas. Tenemos que recuperar el tiempo perdido, porque esta pandemia nos lastimó en lo más preciado del alma.

Cuando esto pase quiero respirar ese oxígeno que hoy tiene precio por ser un producto de primera necesidad; quiero volver a abrazar a mis amigos y, por qué no, también a mis enemigos. Yo sólo escribo cosas comunes.

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