/ lunes 10 de mayo de 2021

El periodismo: ¿Dónde está la libertad de expresión?

Por Lizbeth Chavira

No es mentira que ser periodista en un país en el que la seguridad se desmorona poco a poco, la libertad de expresión pende de un hilo y donde la corrupción se esconde en los rincones más oscuros de las municipalidades, inquiere ser un escenario desalentador para quienes ejercen dicha profesión y manifestan aquellos temas que nadie se atreve a esclarecer en voz alta.

Y el miedo existe. Existe porque tienes una voz, porque sabes usarla, porque tienes tinta y papel; porque—según Reporteros Sin Fronteras—México es el tercer país más peligroso para trabajar como periodista después de Siria y Afganistán.

Pongamos por ejemplificado lo anterior en el siguiente dato proporcionado por Regeneración—medio de información libre en México—en 2017. En aquel entonces, Artículo 19—organización internacional que defiende la libertad de expresión y el derecho a la información—señaló que desde el año 2000 a 2017 fueron asesinados 107 periodistas en México por su labor informativa.

Mientras que en la administración de Enrique Peña Nieto se sumaron 34 asesinatos, suscitándose éstos en Oaxaca y Veracruz.

Y si bien se regula perfectamente la libertad de expresión y el libre acceso a medios de información de acuerdo a los artículos 6º y 7º constitucionales y el 19º de la Declaración Universal de los Derechos Humanos—destacando de este precepto la libertad de expresión—, ¿por qué tomar una fotografía o redactar una nota de interés público se convirtió en una hazaña de valentía?

El año 2020 pasó desapercibido, pero no lo suficiente como para olvidar que se registró a México como el país con más periodistas asesinados.


Periodistas como el blanco del narcotráfico, la corrupción y la ilicitud

Los periodistas que realizan investigaciones criminales son quienes dan a conocer determinados hechos; los cuales se encuentran vinculados a particulares o autoridades adversas. Es decir, que mueren periodistas cada año gracias a la relación que existe entre asesinos y el gobierno. Lo cual—francamente—sabemos que es el común denominador de docenas de casos a los que se les da “carpetazo” sin una investigación contundente, quedando así impunes y en el olvido.

Sin duda alguna, son hechos que nos hacen recordar que hablar, opinar, escribir o dedicarse a la inherencia de tu trabajo, es como vivir en un campo de batalla en donde el chaleco antibalas protege a la persona incorrecta.

Ante todo esto, ¿necesitamos más interés del Gobierno Federal? Sí, porque datos como el debilitamiento presupuestal de Mecanismos para la Protección de Personas Defensoras de Derechos Humanos y Periodistas solo estigmatizan al periodismo, le restan interés y eso sin hacer énfasis en el peligro inminente que existe desde tiempos añejos por la lucha constante contra la corrupción y la ilicitud.

Así es. La libertad de expresión perdió su verdadero matiz; otorgándole así la oportunidad a la represión y a la inseguridad para ser dos elementos con amplia cobertura social.


Por Lizbeth Chavira

No es mentira que ser periodista en un país en el que la seguridad se desmorona poco a poco, la libertad de expresión pende de un hilo y donde la corrupción se esconde en los rincones más oscuros de las municipalidades, inquiere ser un escenario desalentador para quienes ejercen dicha profesión y manifestan aquellos temas que nadie se atreve a esclarecer en voz alta.

Y el miedo existe. Existe porque tienes una voz, porque sabes usarla, porque tienes tinta y papel; porque—según Reporteros Sin Fronteras—México es el tercer país más peligroso para trabajar como periodista después de Siria y Afganistán.

Pongamos por ejemplificado lo anterior en el siguiente dato proporcionado por Regeneración—medio de información libre en México—en 2017. En aquel entonces, Artículo 19—organización internacional que defiende la libertad de expresión y el derecho a la información—señaló que desde el año 2000 a 2017 fueron asesinados 107 periodistas en México por su labor informativa.

Mientras que en la administración de Enrique Peña Nieto se sumaron 34 asesinatos, suscitándose éstos en Oaxaca y Veracruz.

Y si bien se regula perfectamente la libertad de expresión y el libre acceso a medios de información de acuerdo a los artículos 6º y 7º constitucionales y el 19º de la Declaración Universal de los Derechos Humanos—destacando de este precepto la libertad de expresión—, ¿por qué tomar una fotografía o redactar una nota de interés público se convirtió en una hazaña de valentía?

El año 2020 pasó desapercibido, pero no lo suficiente como para olvidar que se registró a México como el país con más periodistas asesinados.


Periodistas como el blanco del narcotráfico, la corrupción y la ilicitud

Los periodistas que realizan investigaciones criminales son quienes dan a conocer determinados hechos; los cuales se encuentran vinculados a particulares o autoridades adversas. Es decir, que mueren periodistas cada año gracias a la relación que existe entre asesinos y el gobierno. Lo cual—francamente—sabemos que es el común denominador de docenas de casos a los que se les da “carpetazo” sin una investigación contundente, quedando así impunes y en el olvido.

Sin duda alguna, son hechos que nos hacen recordar que hablar, opinar, escribir o dedicarse a la inherencia de tu trabajo, es como vivir en un campo de batalla en donde el chaleco antibalas protege a la persona incorrecta.

Ante todo esto, ¿necesitamos más interés del Gobierno Federal? Sí, porque datos como el debilitamiento presupuestal de Mecanismos para la Protección de Personas Defensoras de Derechos Humanos y Periodistas solo estigmatizan al periodismo, le restan interés y eso sin hacer énfasis en el peligro inminente que existe desde tiempos añejos por la lucha constante contra la corrupción y la ilicitud.

Así es. La libertad de expresión perdió su verdadero matiz; otorgándole así la oportunidad a la represión y a la inseguridad para ser dos elementos con amplia cobertura social.


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