/ viernes 7 de diciembre de 2018

El primer discurso del presidente López Obrador

Fueron 78 minutos los que duró el primer discurso de Andrés Manuel López Obrador como presidente de la república. Ese mensaje que el ahora presidente de los Estados Unidos Mexicanos dirigió la nación tuvo un poco de todo. Es decir, fue (en resumen) incendiario, incongruente, demagógico, populista, infantil -en cierto momento- y, en algunas ocasiones, realista y responsable.

Incendiario porque, con su tono y modo innecesarios, el presidente López Obrador sigue atizando las brasas de la polarización y confrontación entre el pueblo de México.

Incongruente porque, al mismo tiempo que atiza esas brasas, habla de una transformación pacífica, y porque asegura que acabará con la corrupción y con la impunidad que impiden el renacimiento de México, pero insiste en otorgarle el perdón y la indulgencia a los funcionarios corruptos del pasado.

Demagógico porque, evidentemente, sigue degenerando la democracia mediante concesiones y halagos a los sentimientos elementales de los ciudadanos, para permanecer en el poder.

Populista porque, como bien lo dice el politólogo César Ulloa, el discurso “apela al pueblo” llamándolo a su reivindicación por medio de la confrontación con el “otro antagónico”; es decir, con el enemigo representado por la clase política tradicional, los partidos políticos, los empresarios, los medios de comunicación, etc.

Infantil porque, el reiterado uso de la expresión “me canso ganso” (y otras similares) no es de forma coloquial, sino como algo pueril; como una de las diez estrategias de manipulación de la opinión pública y de la sociedad expuestas por Sylvain Timsit (erróneamente atribuidas a Noam Chomsky): dirigirse al público como si fueran niños.

Realista y responsable, porque afortunadamente (hasta que cambie de opinión) prometió respetar la autonomía del Banco de México, que no endeudará más al país y que no habrá necesidad de incrementar impuestos en términos reales (aquí el detalle está en “los términos reales”).

El asunto es que si bien es cierto que, en cuanto al ritmo y las pausas de su discurso, el ahora presidente de México tuvo menos tropiezos de los que suele tener, también es cierto que parece no entender que ya no es candidato ni dirigente de un partido ni líder de la oposición. O sea, que ya es el jefe del Estado mexicano y que, por lo tanto, debe comportarse a la altura de la investidura que ahora tiene.

Finalizo en esta ocasión con una ligera adaptación de lo dicho alguna vez por el político estadounidense Ed Gillespie: Por otro lado, creo que la retórica que estamos viendo no tiene precedente, es una novedad en la política presidencial y va más allá del discurso político que equivale a un discurso de odio político.


laecita.wordpress.com

laecita@gmail.com



Fueron 78 minutos los que duró el primer discurso de Andrés Manuel López Obrador como presidente de la república. Ese mensaje que el ahora presidente de los Estados Unidos Mexicanos dirigió la nación tuvo un poco de todo. Es decir, fue (en resumen) incendiario, incongruente, demagógico, populista, infantil -en cierto momento- y, en algunas ocasiones, realista y responsable.

Incendiario porque, con su tono y modo innecesarios, el presidente López Obrador sigue atizando las brasas de la polarización y confrontación entre el pueblo de México.

Incongruente porque, al mismo tiempo que atiza esas brasas, habla de una transformación pacífica, y porque asegura que acabará con la corrupción y con la impunidad que impiden el renacimiento de México, pero insiste en otorgarle el perdón y la indulgencia a los funcionarios corruptos del pasado.

Demagógico porque, evidentemente, sigue degenerando la democracia mediante concesiones y halagos a los sentimientos elementales de los ciudadanos, para permanecer en el poder.

Populista porque, como bien lo dice el politólogo César Ulloa, el discurso “apela al pueblo” llamándolo a su reivindicación por medio de la confrontación con el “otro antagónico”; es decir, con el enemigo representado por la clase política tradicional, los partidos políticos, los empresarios, los medios de comunicación, etc.

Infantil porque, el reiterado uso de la expresión “me canso ganso” (y otras similares) no es de forma coloquial, sino como algo pueril; como una de las diez estrategias de manipulación de la opinión pública y de la sociedad expuestas por Sylvain Timsit (erróneamente atribuidas a Noam Chomsky): dirigirse al público como si fueran niños.

Realista y responsable, porque afortunadamente (hasta que cambie de opinión) prometió respetar la autonomía del Banco de México, que no endeudará más al país y que no habrá necesidad de incrementar impuestos en términos reales (aquí el detalle está en “los términos reales”).

El asunto es que si bien es cierto que, en cuanto al ritmo y las pausas de su discurso, el ahora presidente de México tuvo menos tropiezos de los que suele tener, también es cierto que parece no entender que ya no es candidato ni dirigente de un partido ni líder de la oposición. O sea, que ya es el jefe del Estado mexicano y que, por lo tanto, debe comportarse a la altura de la investidura que ahora tiene.

Finalizo en esta ocasión con una ligera adaptación de lo dicho alguna vez por el político estadounidense Ed Gillespie: Por otro lado, creo que la retórica que estamos viendo no tiene precedente, es una novedad en la política presidencial y va más allá del discurso político que equivale a un discurso de odio político.


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