/ viernes 13 de julio de 2018

¡Se acaba el encanto… aunque queda la esperanza!

Ya anunció quien será nuestro presidente a partir del primero de diciembre que no habrá “gasolinazos”, cuando menos en los tres primeros años de su gobierno, pero aclaró que los aumentos se sujetarán a la inflación, cuando ésta puede llegar a niveles insospechados como ya ocurrió en alguna ocasión que se le quitó tres ceros al peso, incluyendo al salario mínimo que, significó una devaluación tal que, la verdad no sé cuantificar, porque que tuvieras mil pesos y se te convirtieran en uno, no lo lograban ni los más grandes alquimistas de la historia y las leyendas.

Creo sinceramente que Andrés Manuel López Obrador, al igual que todos los que han sido presidentes de México, incluyendo al otro López de Santana y Porfirio Díaz, han sido hombres bien intencionados, aunque esas buenas intenciones rápidamente son destruidas por la triste realidad. Claro que nada tienen que ver las intenciones, buenas o malas con la ambición que a algunos les gana a los pocos días de asumir el poder y en este caso, la verdad no son pocos, aunque hayan empezado con las mejores de las intenciones.

No se necesita ser economista, mucho menos político para entender que la situación del país es crítica, pero menos la entenderán quienes entregaron su voto con la esperanza de comer tres veces al día, de sacar a un familiar de la cárcel, de rescatar el empeño de su casa o simplemente tener un digno trabajo que les permita a sus familias vivir decorosamente y del tamaño de la suma de los votos que le dieron el triunfo a don Andrés, de ese tamaño es la cantidad de mexicanos, si no es que muchos más, que viven de la esperanza fomentada por el ahora virtual presidente electo, misma que ya se empezó a diluir aún antes de que tome posesión.

En poco tiempo tendrán que desaparecer los tumultos que siguen al líder de Morena, porque indudablemente que sí se convirtió en el líder que necesitan las masas, más cuando son hostigadas por el hambre y la pobreza. Muchos podrán señalar que exagero, pero la distancia, entre ya no los que mucho tienen, sino entre los que simplemente tienen y los que no cuentan con nada.

Y es que podrá ser mucha la voluntad del tabasqueño, pero pocos o nulos los recursos con los que se pueden enfrentar las carencias del país e insisto no es que nuestro México sea un país de miserables, sino un país de unos cuantos ricos y hasta el momento de más gobiernos fallidos que corresponsables con su patria.

Indudablemente a quien mejor le fue, es al propio aún presidente Enrique Peña Nieto, quien con un zalamero reconocimiento del triunfo al candidato ganador y un amplio recibimiento privado en la residencia oficial de Los Pinos parece que quedaron en el olvido todos los agravios y lo que es más, todos los yerros y fracasos gubernamentales atribuidos, con razón, al presidente más ridiculizado de la historia y no precisamente por la implementación de las redes sociales sino por los reclamos de esa misma sociedad frustrada.


Ya anunció quien será nuestro presidente a partir del primero de diciembre que no habrá “gasolinazos”, cuando menos en los tres primeros años de su gobierno, pero aclaró que los aumentos se sujetarán a la inflación, cuando ésta puede llegar a niveles insospechados como ya ocurrió en alguna ocasión que se le quitó tres ceros al peso, incluyendo al salario mínimo que, significó una devaluación tal que, la verdad no sé cuantificar, porque que tuvieras mil pesos y se te convirtieran en uno, no lo lograban ni los más grandes alquimistas de la historia y las leyendas.

Creo sinceramente que Andrés Manuel López Obrador, al igual que todos los que han sido presidentes de México, incluyendo al otro López de Santana y Porfirio Díaz, han sido hombres bien intencionados, aunque esas buenas intenciones rápidamente son destruidas por la triste realidad. Claro que nada tienen que ver las intenciones, buenas o malas con la ambición que a algunos les gana a los pocos días de asumir el poder y en este caso, la verdad no son pocos, aunque hayan empezado con las mejores de las intenciones.

No se necesita ser economista, mucho menos político para entender que la situación del país es crítica, pero menos la entenderán quienes entregaron su voto con la esperanza de comer tres veces al día, de sacar a un familiar de la cárcel, de rescatar el empeño de su casa o simplemente tener un digno trabajo que les permita a sus familias vivir decorosamente y del tamaño de la suma de los votos que le dieron el triunfo a don Andrés, de ese tamaño es la cantidad de mexicanos, si no es que muchos más, que viven de la esperanza fomentada por el ahora virtual presidente electo, misma que ya se empezó a diluir aún antes de que tome posesión.

En poco tiempo tendrán que desaparecer los tumultos que siguen al líder de Morena, porque indudablemente que sí se convirtió en el líder que necesitan las masas, más cuando son hostigadas por el hambre y la pobreza. Muchos podrán señalar que exagero, pero la distancia, entre ya no los que mucho tienen, sino entre los que simplemente tienen y los que no cuentan con nada.

Y es que podrá ser mucha la voluntad del tabasqueño, pero pocos o nulos los recursos con los que se pueden enfrentar las carencias del país e insisto no es que nuestro México sea un país de miserables, sino un país de unos cuantos ricos y hasta el momento de más gobiernos fallidos que corresponsables con su patria.

Indudablemente a quien mejor le fue, es al propio aún presidente Enrique Peña Nieto, quien con un zalamero reconocimiento del triunfo al candidato ganador y un amplio recibimiento privado en la residencia oficial de Los Pinos parece que quedaron en el olvido todos los agravios y lo que es más, todos los yerros y fracasos gubernamentales atribuidos, con razón, al presidente más ridiculizado de la historia y no precisamente por la implementación de las redes sociales sino por los reclamos de esa misma sociedad frustrada.


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