/ miércoles 3 de junio de 2020

La ley del sacrificio

Leí y escuché con atención todas las recomendaciones que los tres órdenes de Gobierno ofrecieron a la población para regresar paulatinamente, a partir del lunes pasado, a la normalidad después de más de dos meses de confinamiento en casa.

Pero de algo estoy seguro: Jamás habrá esa normalidad a la que todos estamos acostumbrados. Sería un grave error volver a lo mismo. Algunos sociólogos de principios de siglo retomaron lo que los pensadores del Romanticismo ya manejaban con timidez y que llamaron “La ley del sacrificio”.

Para conseguir algo importante, tienes que renunciar a algo menor, porque no puedes tenerlo todo. Hay mucho de razón en esa primicia de La ley del sacrificio. Pero los especialistas del marketing moderno asumen que existen 22 principios fundamentales en el maravilloso mundo de las ventas, uno de los cuales, por supuesto, es La ley del sacrificio.

Las personas debemos renunciar necesariamente a una cosa para conseguir otra y creo que esta sentencia está en la lógica de cualquier ser humano; en términos de marketing, los analistas dicen que cuando se trata de impactar un producto en la mente de los compradores es importante enfocar toda la imagen en lo que es exitoso y no ampliar la gama de productos o servicios.

Todo esto… ¿le suena a coincidencia en estos momentos? ¡Por supuesto! ¿Queremos volver a la normalidad de golpe y porrazo? ¡Cuidado! Necesitamos sacrificar no una, sino muchas cosas para regresar a una normalidad que ya no será la misma, ni de chiste. En el mejor de los escenarios habrán de pasar varios meses para que, al menos en México, podamos disfrutar de todos los privilegios que antes, naturalmente, teníamos.

Pero somos verdaderamente indolentes: todavía no se levantaba la bandera del inicio paulatino de actividades prioritarias cuando en varias ciudades del país las autoridades debieron suspender fiestas de bodas, quince años y hasta congresos.

¿Qué vamos a sacrificar para ir paso a paso a la normalidad? Por lo pronto esperar -pero en serio-, esperar a que el semáforo que indique la autoridad nos permita entrar en las actividades de nuestra agenda diaria. Todos queremos salir, volver a la jornada laboral, sostener reuniones familiares o con amigos.

Y quizá no nos hemos dado cuenta el gran respiro que le dimos a la naturaleza. Algunos países altamente desarrollados exigen a sus habitantes, no de ahora, sino de siempre, protecciones comunes que garantizan la sana distancia y evitan contagios ya no del Covid: de cualquier padecimiento.

Simplemente veamos las largas filas en los bancos, las aglomeraciones en las tiendas y supermercados, las filas para comprar cerveza o los tianguis en colonias populares, para darnos cuenta que ni tenemos la cultura del respeto a la salud, ni queremos hacer caso a la autoridad. No estamos dispuestos a sacrificar nada, porque no tenemos de cerca la muerte, así de simple, así de sencillo.

Estoy de acuerdo en que el tiempo que llevamos en casa tiene ya consecuencias en lo económico, en lo social y hasta en lo mental, pero aquí empieza precisamente el sacrificar algo menor para lograr lo que todos buscamos: la salud comunitaria.

Es lamentable que esa actitud de “hágase tu voluntad en los bueyes de mi compadre” sea hoy el común denominador de quienes necesitamos regresar a la normalidad, sí, pero a la normalidad todos juntos, para salir bien librados de una crisis que nos afecta por parejo y que no distingue estatus económico, ni edades.

¿Sacrificar qué? ¿Qué me toca? ¿Qué estoy dispuesto a hacer para que TODOS nos beneficiemos? Primero… ¿es muy molesto llevar el cubrebocas unas semanas más? ¿Me cuesta mucho mantener la sana distancia hasta que el semáforo se encienda en verde? ¿Puedo evitar reuniones masivas? ¿Puedo hacer que mi hijo (a) mantenga sus clases de manera virtual?

Si estos sacrificios menores nos llevan a obtener algo importante, entonces esa es precisamente La ley del sacrificio, porque no podemos tener todo a la vez. Pero, como siempre, yo sólo escribo cosas comunes.

Leí y escuché con atención todas las recomendaciones que los tres órdenes de Gobierno ofrecieron a la población para regresar paulatinamente, a partir del lunes pasado, a la normalidad después de más de dos meses de confinamiento en casa.

Pero de algo estoy seguro: Jamás habrá esa normalidad a la que todos estamos acostumbrados. Sería un grave error volver a lo mismo. Algunos sociólogos de principios de siglo retomaron lo que los pensadores del Romanticismo ya manejaban con timidez y que llamaron “La ley del sacrificio”.

Para conseguir algo importante, tienes que renunciar a algo menor, porque no puedes tenerlo todo. Hay mucho de razón en esa primicia de La ley del sacrificio. Pero los especialistas del marketing moderno asumen que existen 22 principios fundamentales en el maravilloso mundo de las ventas, uno de los cuales, por supuesto, es La ley del sacrificio.

Las personas debemos renunciar necesariamente a una cosa para conseguir otra y creo que esta sentencia está en la lógica de cualquier ser humano; en términos de marketing, los analistas dicen que cuando se trata de impactar un producto en la mente de los compradores es importante enfocar toda la imagen en lo que es exitoso y no ampliar la gama de productos o servicios.

Todo esto… ¿le suena a coincidencia en estos momentos? ¡Por supuesto! ¿Queremos volver a la normalidad de golpe y porrazo? ¡Cuidado! Necesitamos sacrificar no una, sino muchas cosas para regresar a una normalidad que ya no será la misma, ni de chiste. En el mejor de los escenarios habrán de pasar varios meses para que, al menos en México, podamos disfrutar de todos los privilegios que antes, naturalmente, teníamos.

Pero somos verdaderamente indolentes: todavía no se levantaba la bandera del inicio paulatino de actividades prioritarias cuando en varias ciudades del país las autoridades debieron suspender fiestas de bodas, quince años y hasta congresos.

¿Qué vamos a sacrificar para ir paso a paso a la normalidad? Por lo pronto esperar -pero en serio-, esperar a que el semáforo que indique la autoridad nos permita entrar en las actividades de nuestra agenda diaria. Todos queremos salir, volver a la jornada laboral, sostener reuniones familiares o con amigos.

Y quizá no nos hemos dado cuenta el gran respiro que le dimos a la naturaleza. Algunos países altamente desarrollados exigen a sus habitantes, no de ahora, sino de siempre, protecciones comunes que garantizan la sana distancia y evitan contagios ya no del Covid: de cualquier padecimiento.

Simplemente veamos las largas filas en los bancos, las aglomeraciones en las tiendas y supermercados, las filas para comprar cerveza o los tianguis en colonias populares, para darnos cuenta que ni tenemos la cultura del respeto a la salud, ni queremos hacer caso a la autoridad. No estamos dispuestos a sacrificar nada, porque no tenemos de cerca la muerte, así de simple, así de sencillo.

Estoy de acuerdo en que el tiempo que llevamos en casa tiene ya consecuencias en lo económico, en lo social y hasta en lo mental, pero aquí empieza precisamente el sacrificar algo menor para lograr lo que todos buscamos: la salud comunitaria.

Es lamentable que esa actitud de “hágase tu voluntad en los bueyes de mi compadre” sea hoy el común denominador de quienes necesitamos regresar a la normalidad, sí, pero a la normalidad todos juntos, para salir bien librados de una crisis que nos afecta por parejo y que no distingue estatus económico, ni edades.

¿Sacrificar qué? ¿Qué me toca? ¿Qué estoy dispuesto a hacer para que TODOS nos beneficiemos? Primero… ¿es muy molesto llevar el cubrebocas unas semanas más? ¿Me cuesta mucho mantener la sana distancia hasta que el semáforo se encienda en verde? ¿Puedo evitar reuniones masivas? ¿Puedo hacer que mi hijo (a) mantenga sus clases de manera virtual?

Si estos sacrificios menores nos llevan a obtener algo importante, entonces esa es precisamente La ley del sacrificio, porque no podemos tener todo a la vez. Pero, como siempre, yo sólo escribo cosas comunes.

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