/ miércoles 28 de octubre de 2020

La muerte llama a la puerta

En los últimos días han muerto los papás o las mamás o las esposas o los hijos de algunos amigos míos. Duele. Aunque no sean míos, duele. Comparto ese dolor. Lo digo con la mano en el corazón. Este letal virus, el Covid-19, es una especie de muerte que llama a la puerta… y la estamos abriendo irremediable, irresponsablemente.

El olor a muerte se está convirtiendo en un asunto común. Nos tenemos que morir algún día, en algún momento, de una forma u otra. Todos vamos hacia allá. Pero en los últimos días, cada vez son más los hogares donde la muerte llama la puerta: el Covid.

¿Qué puedes decirle a un amigo cuando está su padre en un féretro? Ahí, en ese rincón de soledad que se llama funeraria, hay mucho más que lágrimas: hay dolor, sentimientos encontrados, lamentos vulnerados por el silencio opaco que se empecina en lastimarnos.

Yo no sé lo que sucede cuando la gente se muere, pero todos sabemos lo que pasa con los vivos. Escuché, sólo por accidente, una plegaria muy íntima de un hijo que rozaba con su mano derecha el ataúd de su padre mientras le hablaba tierna, súbitamente, casi imperceptible.

¿Qué extraño no? La gente se muere en el momento menos oportuno. La gente se muere cuando no queremos que pase o, quizá, cuando no esperamos que pase. Y sucede, así de simple, sucede y nada más. Los que se van posiblemente descansen. No lo sé. Los que nos quedamos, entramos en un momento íntimo de cordura y amabilidad. Eso sí lo sé. Es que el Covid está tocando nuestras puertas, cada vez más, muchas veces más.

Cuando la gente se muere se lleva, entre tras cosas: recuerdos, esperanzas, risas, felicidades familiares, triunfos, derrotas, caídas, tropiezos, desvelos, llantos, poemas y también canciones. En ese ataúd no sólo está una persona amada y extrañada: está un mundo entero de detalles y quisiéramos arrancar la tapa del féretro para decirle que no es posible que nos deje solos.

La gente va llegando a la funeraria y de la puerta al ataúd inicia una transición impresionante de rostros y sentimientos. Afuera está el barullo, las prisas, los embotellamientos, las oficinas y los edificios… afuera ronda ese maldito virus que dejamos crecer; adentro está un amigo adolorido con las ganas inexactas y los indicios de un llanto que se aproxima apenas te ve entrar.

Afuera están los días, la gente común, los días comunes y las cosas comunes. Adentro hay pena y dolor, mutis de desesperación y, sin temor a equivocarme, un instante de alivio. Porque es el ciclo de la vida. Nos apresuramos a darle un abrazo a nuestro amigo y le decimos cosas bonitas para tratar de aliviar su dolor. Le sugerimos resignación, pero yo me pregunto: ¿Cómo puede una madre resignarse a ver muerto a su hijo en un frío, lento y oscuro ataúd? Me resisto a pensar que los muertos se quedan en nuestros corazones, porque el corazón va asimilando las ausencias. Pero no la mente, jamás.

¿Por qué tienen que morirse nuestras mamás, si son las que nos dieron la vida? Los funerales son tristes, yo diría, cautelosos. Abracé a mi amigo y no le dije nada. No puedo decir nada porque nadie sabe lo que él está sufriendo. La muerte lastima y también hace vivir.

¿Ves? Solamente él sabe por qué llora y cuánto le duele la pérdida de su padre. Solamente mi amigo sabe cuánto le duele que su esposa haya muerto. Sólo mi amigo sabe de qué tamaño es el dolor de perder a un hijo que apenas estaba empezando a buscar la posibilidad de tener una novia. Pero esta endemoniada pandemia se los llevó. Quisiera no escribir esas cosas comunes… que ahora sí lo son. Con respeto, a todos los que hemos perdido a alguien en esta espantosa pandemia.



En los últimos días han muerto los papás o las mamás o las esposas o los hijos de algunos amigos míos. Duele. Aunque no sean míos, duele. Comparto ese dolor. Lo digo con la mano en el corazón. Este letal virus, el Covid-19, es una especie de muerte que llama a la puerta… y la estamos abriendo irremediable, irresponsablemente.

El olor a muerte se está convirtiendo en un asunto común. Nos tenemos que morir algún día, en algún momento, de una forma u otra. Todos vamos hacia allá. Pero en los últimos días, cada vez son más los hogares donde la muerte llama la puerta: el Covid.

¿Qué puedes decirle a un amigo cuando está su padre en un féretro? Ahí, en ese rincón de soledad que se llama funeraria, hay mucho más que lágrimas: hay dolor, sentimientos encontrados, lamentos vulnerados por el silencio opaco que se empecina en lastimarnos.

Yo no sé lo que sucede cuando la gente se muere, pero todos sabemos lo que pasa con los vivos. Escuché, sólo por accidente, una plegaria muy íntima de un hijo que rozaba con su mano derecha el ataúd de su padre mientras le hablaba tierna, súbitamente, casi imperceptible.

¿Qué extraño no? La gente se muere en el momento menos oportuno. La gente se muere cuando no queremos que pase o, quizá, cuando no esperamos que pase. Y sucede, así de simple, sucede y nada más. Los que se van posiblemente descansen. No lo sé. Los que nos quedamos, entramos en un momento íntimo de cordura y amabilidad. Eso sí lo sé. Es que el Covid está tocando nuestras puertas, cada vez más, muchas veces más.

Cuando la gente se muere se lleva, entre tras cosas: recuerdos, esperanzas, risas, felicidades familiares, triunfos, derrotas, caídas, tropiezos, desvelos, llantos, poemas y también canciones. En ese ataúd no sólo está una persona amada y extrañada: está un mundo entero de detalles y quisiéramos arrancar la tapa del féretro para decirle que no es posible que nos deje solos.

La gente va llegando a la funeraria y de la puerta al ataúd inicia una transición impresionante de rostros y sentimientos. Afuera está el barullo, las prisas, los embotellamientos, las oficinas y los edificios… afuera ronda ese maldito virus que dejamos crecer; adentro está un amigo adolorido con las ganas inexactas y los indicios de un llanto que se aproxima apenas te ve entrar.

Afuera están los días, la gente común, los días comunes y las cosas comunes. Adentro hay pena y dolor, mutis de desesperación y, sin temor a equivocarme, un instante de alivio. Porque es el ciclo de la vida. Nos apresuramos a darle un abrazo a nuestro amigo y le decimos cosas bonitas para tratar de aliviar su dolor. Le sugerimos resignación, pero yo me pregunto: ¿Cómo puede una madre resignarse a ver muerto a su hijo en un frío, lento y oscuro ataúd? Me resisto a pensar que los muertos se quedan en nuestros corazones, porque el corazón va asimilando las ausencias. Pero no la mente, jamás.

¿Por qué tienen que morirse nuestras mamás, si son las que nos dieron la vida? Los funerales son tristes, yo diría, cautelosos. Abracé a mi amigo y no le dije nada. No puedo decir nada porque nadie sabe lo que él está sufriendo. La muerte lastima y también hace vivir.

¿Ves? Solamente él sabe por qué llora y cuánto le duele la pérdida de su padre. Solamente mi amigo sabe cuánto le duele que su esposa haya muerto. Sólo mi amigo sabe de qué tamaño es el dolor de perder a un hijo que apenas estaba empezando a buscar la posibilidad de tener una novia. Pero esta endemoniada pandemia se los llevó. Quisiera no escribir esas cosas comunes… que ahora sí lo son. Con respeto, a todos los que hemos perdido a alguien en esta espantosa pandemia.



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