/ miércoles 7 de octubre de 2020

Tecnopatología: el vicio invisible

Cuando en 1980 la Sociedad Americana de Psicología reconoció el juego de azar como una patología con graves riesgos en el ser humano, el mundo científico pensó que se trataba de las últimas adicciones a las que podría enfrentarse la comunidad universal.

Treinta años después, hemos aterrizado en una pista más peligrosa de lo que creíamos: se le conoce como tecnopatología. Permítame hacerle algunas preguntas: ¿Siente miedo de perder su teléfono celular? ¿Le aterra quedarse sin batería y no tener a la mano el cargador? ¿Cuántas veces en una hora siente la necesidad de revisar si tiene nuevos mensajes? ¿Con qué frecuencia al día acude a sus redes sociales para ver qué hacen los demás o, simplemente, para publicitar algo personal?

En la última década del siglo pasado, con la llegada de la telefonía celular y un incipiente crecimiento de las redes sociales -que a estas alturas forma parte inherente al ser humano- nos hemos convertido en una de esas generaciones que difícilmente podrá vivir ajena al movimiento de las herramientas tecnológicas.

La adicción a las redes sociales es, en estos momentos, terrible, tanto, que un día -¡qué digo un día!- una hora sin intervenir en ellas puede provocar ansiedad y una aguda inseguridad por perdernos de algo que los demás tienen: información.

Estamos cayendo irremediablemente en el efecto FOMO (fear of missing out), cuya traducción al español es “miedo a perderse de algo”. Vivimos nuevos tiempos, pero también nuevas patologías y una de ellas es precisamente la que nos provoca una terrible adicción a las redes sociales.

No critico a nadie. Esto no tiene dedicatoria, lo aclaro y lo sostengo: Las redes sociales nos dieron un escaparate perfecto para decir, gritar, debatir, opinar y publicar lo que se nos pegue la gana y a eso se le ha denominado periodismo social. Antes, hace unas dos décadas, debíamos llamar al periódico para que se diera a conocer nuestra boda, el bautizo de los hijos, una despedida de soltera o la reunión con los amigos.

Hoy lo hacemos en el instante y nos agrada que los amigos virtuales le pongan “me gusta” y nos hagan comentarios a modo. Porque eso es: publicar a modo. ¡Es nuestro espacio y hacemos con él lo que nos venga en gana! Pero hemos llegado a un vicio que pocos comprendemos porque lo mismo publicitamos logros y triunfos, que derrotas y tristezas.

“Ventaneamos” lo que nos desagrada y exhibimos lo que pudiéramos considerar en ese momento algo injusto. Hasta ahí no creo que haya problema. Pero el conflicto viene cuando dejamos entrar a cualquier persona a nuestra intimidad sin filtros ni recatos, porque lo mismo les decimos qué vamos a desayunar, qué comimos y con cuáles alimentos me despido del día.

Le abrimos la cortina a miles o quizá millones de desconocidos para que sepan cuál cerveza me gusta, qué lugares visito, quiénes son mis amigos, mis gustos, aficiones y hasta decepciones. Les comparto mis alegrías y también mis derrotas; les digo cómo me siento este día: si estoy triste o alegre, si vivo o muero, si conocí a la mujer o al hombre ideal, o si rompí mi relación y hasta en los términos en que lo hice.

Insisto: no hay problema por decirlo. El asunto es que nos estamos convirtiendo en esclavos de una tecnología que fue creada para usarse, no para que la tecnología nos usara. Y hoy por hoy, me parece que tenemos un vicio irremediable y tenebroso: buscar el auto estímulo a base de “likes”.

Me levanto y lo digo. Desayuno y lo comparto, incluso con una foto de los huevos, frijoles y tortillas. Como y menciono la hora y el lugar. Ceno y lo publico. Hago lo que sea y lo subo. Y cada cinco minutos quiero saber qué hacen los demás y si los otros dicen, yo también quiero decir lo que sea.

Ser dependientes de las redes sociales… es un asunto verdaderamente serio. Y puede convertirse en una tecnopatología. Pero usted sabe si lo hace, yo… sólo escribo cosas comunes.

Cuando en 1980 la Sociedad Americana de Psicología reconoció el juego de azar como una patología con graves riesgos en el ser humano, el mundo científico pensó que se trataba de las últimas adicciones a las que podría enfrentarse la comunidad universal.

Treinta años después, hemos aterrizado en una pista más peligrosa de lo que creíamos: se le conoce como tecnopatología. Permítame hacerle algunas preguntas: ¿Siente miedo de perder su teléfono celular? ¿Le aterra quedarse sin batería y no tener a la mano el cargador? ¿Cuántas veces en una hora siente la necesidad de revisar si tiene nuevos mensajes? ¿Con qué frecuencia al día acude a sus redes sociales para ver qué hacen los demás o, simplemente, para publicitar algo personal?

En la última década del siglo pasado, con la llegada de la telefonía celular y un incipiente crecimiento de las redes sociales -que a estas alturas forma parte inherente al ser humano- nos hemos convertido en una de esas generaciones que difícilmente podrá vivir ajena al movimiento de las herramientas tecnológicas.

La adicción a las redes sociales es, en estos momentos, terrible, tanto, que un día -¡qué digo un día!- una hora sin intervenir en ellas puede provocar ansiedad y una aguda inseguridad por perdernos de algo que los demás tienen: información.

Estamos cayendo irremediablemente en el efecto FOMO (fear of missing out), cuya traducción al español es “miedo a perderse de algo”. Vivimos nuevos tiempos, pero también nuevas patologías y una de ellas es precisamente la que nos provoca una terrible adicción a las redes sociales.

No critico a nadie. Esto no tiene dedicatoria, lo aclaro y lo sostengo: Las redes sociales nos dieron un escaparate perfecto para decir, gritar, debatir, opinar y publicar lo que se nos pegue la gana y a eso se le ha denominado periodismo social. Antes, hace unas dos décadas, debíamos llamar al periódico para que se diera a conocer nuestra boda, el bautizo de los hijos, una despedida de soltera o la reunión con los amigos.

Hoy lo hacemos en el instante y nos agrada que los amigos virtuales le pongan “me gusta” y nos hagan comentarios a modo. Porque eso es: publicar a modo. ¡Es nuestro espacio y hacemos con él lo que nos venga en gana! Pero hemos llegado a un vicio que pocos comprendemos porque lo mismo publicitamos logros y triunfos, que derrotas y tristezas.

“Ventaneamos” lo que nos desagrada y exhibimos lo que pudiéramos considerar en ese momento algo injusto. Hasta ahí no creo que haya problema. Pero el conflicto viene cuando dejamos entrar a cualquier persona a nuestra intimidad sin filtros ni recatos, porque lo mismo les decimos qué vamos a desayunar, qué comimos y con cuáles alimentos me despido del día.

Le abrimos la cortina a miles o quizá millones de desconocidos para que sepan cuál cerveza me gusta, qué lugares visito, quiénes son mis amigos, mis gustos, aficiones y hasta decepciones. Les comparto mis alegrías y también mis derrotas; les digo cómo me siento este día: si estoy triste o alegre, si vivo o muero, si conocí a la mujer o al hombre ideal, o si rompí mi relación y hasta en los términos en que lo hice.

Insisto: no hay problema por decirlo. El asunto es que nos estamos convirtiendo en esclavos de una tecnología que fue creada para usarse, no para que la tecnología nos usara. Y hoy por hoy, me parece que tenemos un vicio irremediable y tenebroso: buscar el auto estímulo a base de “likes”.

Me levanto y lo digo. Desayuno y lo comparto, incluso con una foto de los huevos, frijoles y tortillas. Como y menciono la hora y el lugar. Ceno y lo publico. Hago lo que sea y lo subo. Y cada cinco minutos quiero saber qué hacen los demás y si los otros dicen, yo también quiero decir lo que sea.

Ser dependientes de las redes sociales… es un asunto verdaderamente serio. Y puede convertirse en una tecnopatología. Pero usted sabe si lo hace, yo… sólo escribo cosas comunes.

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