/ miércoles 4 de noviembre de 2020

Los hijos de la pandemia

Hace 23 años, cuando una atípica sequía -que duró casi una década y media- amenazaba con poner en jaque la economía de Chihuahua y de algunos estados del norte de México, escribí un artículo llamado “Los niños que no habían visto llover”; puse de ejemplo varios casos que me llamaron la atención, por las condiciones en que se dio un fenómeno que, en verdad, llega al corazón.

A finales de junio pasado retomé el tema y hoy lo hago con mayor énfasis, porque es de vital importancia que aportemos, cada quien desde su trinchera, algo que ayude con esta crisis de salud que nos agobia. Retomo entonces:

Mi sobrino, en ese momento de tres años de edad, estaba tranquilamente dormido en su habitación, cuando de pronto lo despertó un ensordecedor estruendo que lo hizo entrar en pánico. Pegó un grito aterrador, que provocó el auxilio inmediato de su madre. Cuando la mujer entró corriendo a la habitación, el niño estaba escondido dentro del clóset.

Al abrir las puertas, observó a su pequeño hijo “hecho bolita”, con los brazos metidos entre las piernas. Ella lo abrazó, justo al momento en que una descarga eléctrica volvió a estremecer al pequeño e indefenso niño. Lo levantó en peso mientras el pequeño apretaba los ojos para no ver nada.

¿Qué pasa hijo, qué tienes?, preguntó –realmente asustada- la madre. ¿Qué suena?, quiso saber el niño apuntando con el dedo a la ventana de su cuarto. Ella no sabía a qué se refería su hijo, hasta que poco a poco fue entendiendo que el pánico de su niño era por las descargas eléctricas y el fuerte aguacero que empezó en ese momento.

Ella pensó lo peor, desde imaginarse que alguien se había metido por el patio, hasta la posibilidad de que su hijo hubiera visto un fantasma. Pero cuando el niño finalmente pudo explicar que estaba asustado con los truenos y su madre iniciaba una lenta y académica explicación, vino una granizada de esas endiabladas. Entonces las repetidas gotas de lluvias se convirtieron en verdaderos proyectiles de hielo y fue el caos de histeria para el pequeño.

En ese momento los pedazos de granizo se estaban estrellando en puertas y ventanas, al grado de que la mujer prefirió llevar a su hijo hasta la cocina, para evitar que se espantara más con el ruido. Seguía tronando, granizando y aquello poco a poco empezó a amainar. Después de la tempestad, obvio, viene la calma.

Y luego debieron venir las explicaciones. El niño quería saber algo muy sencillo: ¿Qué fregados estaba pasando afuera de su casa? ¿Por qué ese ruido de truenos? ¿Por qué caía agua y después hielo en su casa? ¿Preguntas infantiles? No señor, de ninguna manera. Era la generación de niños que no habían visto llover.

Es lógico ¿no?: Si tú no conoces algo que en apariencia te esté amenazando… ¿te ríes?, ¿te acercas?, ¿te dejas llevar? Lo mínimo que uno hace es tratar de conocer ese “algo” y lo que haces es preguntar, a quien sea, qué está sucediendo en ese momento o con lo que observas. Esto mismo ocurrió con los niños que no habían visto llover y me pareció interesante llamarlos “los hijos de la sequía”, porque se trata de eso, de una generación que no había visto llover, mucho menos granizar.

Hoy nos estamos ajustando a lo que podemos denominar como “los hijos de la pandemia”, niños, niñas y adolescentes que de pronto fueron obligados a quedarse en casa, a dejar la escuela… a ver morir a sus abuelas, padres o madres sin mayores explicaciones que el ser víctimas de un asesino silencioso, invisible y terriblemente peligroso llamado Covid-19. Esta es una generación atípica, son los hijos de la pandemia. Y estas son sólo cosas comunes.

Hace 23 años, cuando una atípica sequía -que duró casi una década y media- amenazaba con poner en jaque la economía de Chihuahua y de algunos estados del norte de México, escribí un artículo llamado “Los niños que no habían visto llover”; puse de ejemplo varios casos que me llamaron la atención, por las condiciones en que se dio un fenómeno que, en verdad, llega al corazón.

A finales de junio pasado retomé el tema y hoy lo hago con mayor énfasis, porque es de vital importancia que aportemos, cada quien desde su trinchera, algo que ayude con esta crisis de salud que nos agobia. Retomo entonces:

Mi sobrino, en ese momento de tres años de edad, estaba tranquilamente dormido en su habitación, cuando de pronto lo despertó un ensordecedor estruendo que lo hizo entrar en pánico. Pegó un grito aterrador, que provocó el auxilio inmediato de su madre. Cuando la mujer entró corriendo a la habitación, el niño estaba escondido dentro del clóset.

Al abrir las puertas, observó a su pequeño hijo “hecho bolita”, con los brazos metidos entre las piernas. Ella lo abrazó, justo al momento en que una descarga eléctrica volvió a estremecer al pequeño e indefenso niño. Lo levantó en peso mientras el pequeño apretaba los ojos para no ver nada.

¿Qué pasa hijo, qué tienes?, preguntó –realmente asustada- la madre. ¿Qué suena?, quiso saber el niño apuntando con el dedo a la ventana de su cuarto. Ella no sabía a qué se refería su hijo, hasta que poco a poco fue entendiendo que el pánico de su niño era por las descargas eléctricas y el fuerte aguacero que empezó en ese momento.

Ella pensó lo peor, desde imaginarse que alguien se había metido por el patio, hasta la posibilidad de que su hijo hubiera visto un fantasma. Pero cuando el niño finalmente pudo explicar que estaba asustado con los truenos y su madre iniciaba una lenta y académica explicación, vino una granizada de esas endiabladas. Entonces las repetidas gotas de lluvias se convirtieron en verdaderos proyectiles de hielo y fue el caos de histeria para el pequeño.

En ese momento los pedazos de granizo se estaban estrellando en puertas y ventanas, al grado de que la mujer prefirió llevar a su hijo hasta la cocina, para evitar que se espantara más con el ruido. Seguía tronando, granizando y aquello poco a poco empezó a amainar. Después de la tempestad, obvio, viene la calma.

Y luego debieron venir las explicaciones. El niño quería saber algo muy sencillo: ¿Qué fregados estaba pasando afuera de su casa? ¿Por qué ese ruido de truenos? ¿Por qué caía agua y después hielo en su casa? ¿Preguntas infantiles? No señor, de ninguna manera. Era la generación de niños que no habían visto llover.

Es lógico ¿no?: Si tú no conoces algo que en apariencia te esté amenazando… ¿te ríes?, ¿te acercas?, ¿te dejas llevar? Lo mínimo que uno hace es tratar de conocer ese “algo” y lo que haces es preguntar, a quien sea, qué está sucediendo en ese momento o con lo que observas. Esto mismo ocurrió con los niños que no habían visto llover y me pareció interesante llamarlos “los hijos de la sequía”, porque se trata de eso, de una generación que no había visto llover, mucho menos granizar.

Hoy nos estamos ajustando a lo que podemos denominar como “los hijos de la pandemia”, niños, niñas y adolescentes que de pronto fueron obligados a quedarse en casa, a dejar la escuela… a ver morir a sus abuelas, padres o madres sin mayores explicaciones que el ser víctimas de un asesino silencioso, invisible y terriblemente peligroso llamado Covid-19. Esta es una generación atípica, son los hijos de la pandemia. Y estas son sólo cosas comunes.

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