/ jueves 28 de mayo de 2020

Mi abuela virtual

“Eso fue alguna vez, porque recuerdo que fue cierto”: Jaime Sabines

En uno de esos espacios libres que encontramos en estos pandémicos días le dije a mi poblana abuela vía telefónica: María Luisa, baja alguna aplicación en tu celular o en tu computadora para poder platicar contigo viéndote a la cara, hace mucho no te veo. Pero hijo, ahorita no puedo andar con esas cosas, ¿no has escuchado de un virus muy raro que anda en el ambiente? ya hasta ha muerto gente, mejor me pongo a rezar junto con tu abuelo que buena falta le hace al hombre, fue su gentil respuesta. Insistí: ándale abuela, por favor, quiero verte. Total, después de un rato de fuertes y sensibles argumentos que movieron sus sentimientos la convencí, le fui explicando paso a paso lo que tenía que hacer para la citada aplicación hasta que después de una hora con catorce minutos lo logré, hice de la madre de mi padre una viejita virtual, por fin la pude ver después de muchos años, su cabeza estaba cubierta de elegantes canas y las arrugas de su fina piel mostraban que el tiempo, duro como es, no pasa en balde para nadie, no obstante, su mirada seguía transmitiendo tranquilidad y su sonrisa contagiaba a quien tuviera enfrente aunque sea virtualmente. Su eterno y vistoso delantal guardaba celosamente esa cajetilla de cigarros que fumaba con una elegancia que ya quisiera cualquier emperatriz. Cómo la quiero.

En la plática, después de darle una repasada a cada integrante de la psicodélica familia que el cielo me regaló, le solicité a mi abuela me cantara un pedacito de su canción favorita y sin rogarle mucho se arrancó con lo que todavía le daban sus viejos pulmones: “Hoy sólo me queda recordar, mis ojos mueren de llorar y mi alma muere de esperar, ¿por qué se fue?, tú la dejaste ir, vereda tropical, hazla volver a mí, quiero besar su boca otra vez junto al mar, vereda tropical”.

El tiempo se detuvo por unos segundos, su canto hizo olvidar momentáneamente cualquier situación problemática, el dichoso virus lo mandamos de pronto al terreno de la inexistencia. ¿Qué nos cuesta ser felices?

Antes de terminar la conversación le dije que le volvería a marcar otro día para seguir riéndonos, para cantar y hasta para llorar juntos. Custodiados por una fragilidad donde un virus nos vino a recordar que somos personas con emociones, desconecté la llamada, el sol salió, su luz asomó por la ventana, desperté y antes de levantarme traje a mi mente la tonada de “Vereda tropical”, no me la he podido quitar. Platiqué con mi abuela, una señora que murió hace varios años, pero que hasta la fecha sigue siendo bien mula. Ande pues.

“Eso fue alguna vez, porque recuerdo que fue cierto”: Jaime Sabines

En uno de esos espacios libres que encontramos en estos pandémicos días le dije a mi poblana abuela vía telefónica: María Luisa, baja alguna aplicación en tu celular o en tu computadora para poder platicar contigo viéndote a la cara, hace mucho no te veo. Pero hijo, ahorita no puedo andar con esas cosas, ¿no has escuchado de un virus muy raro que anda en el ambiente? ya hasta ha muerto gente, mejor me pongo a rezar junto con tu abuelo que buena falta le hace al hombre, fue su gentil respuesta. Insistí: ándale abuela, por favor, quiero verte. Total, después de un rato de fuertes y sensibles argumentos que movieron sus sentimientos la convencí, le fui explicando paso a paso lo que tenía que hacer para la citada aplicación hasta que después de una hora con catorce minutos lo logré, hice de la madre de mi padre una viejita virtual, por fin la pude ver después de muchos años, su cabeza estaba cubierta de elegantes canas y las arrugas de su fina piel mostraban que el tiempo, duro como es, no pasa en balde para nadie, no obstante, su mirada seguía transmitiendo tranquilidad y su sonrisa contagiaba a quien tuviera enfrente aunque sea virtualmente. Su eterno y vistoso delantal guardaba celosamente esa cajetilla de cigarros que fumaba con una elegancia que ya quisiera cualquier emperatriz. Cómo la quiero.

En la plática, después de darle una repasada a cada integrante de la psicodélica familia que el cielo me regaló, le solicité a mi abuela me cantara un pedacito de su canción favorita y sin rogarle mucho se arrancó con lo que todavía le daban sus viejos pulmones: “Hoy sólo me queda recordar, mis ojos mueren de llorar y mi alma muere de esperar, ¿por qué se fue?, tú la dejaste ir, vereda tropical, hazla volver a mí, quiero besar su boca otra vez junto al mar, vereda tropical”.

El tiempo se detuvo por unos segundos, su canto hizo olvidar momentáneamente cualquier situación problemática, el dichoso virus lo mandamos de pronto al terreno de la inexistencia. ¿Qué nos cuesta ser felices?

Antes de terminar la conversación le dije que le volvería a marcar otro día para seguir riéndonos, para cantar y hasta para llorar juntos. Custodiados por una fragilidad donde un virus nos vino a recordar que somos personas con emociones, desconecté la llamada, el sol salió, su luz asomó por la ventana, desperté y antes de levantarme traje a mi mente la tonada de “Vereda tropical”, no me la he podido quitar. Platiqué con mi abuela, una señora que murió hace varios años, pero que hasta la fecha sigue siendo bien mula. Ande pues.

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