/ sábado 2 de noviembre de 2019

Siempre hay un libro para cada corazón

En la Feria del Libro de Chihuahua presenté un libro de cuentos, historias de la vida diaria en Ciudad Juárez, lo escribió un chico fronterizo, y digo fronterizo porque dedujimos, como ya lo han hecho algunos antropólogos e intelectuales, que no es lo mismo ser juarense que ser fronterizo. Juarenses son los que no tienen visa para entrar a Estados Unidos, fronterizos son los que viven acá, pero trabajan o estudian allá y todos los días atraviesan el puente. Son cuentos formados en la observación irónica de los habitantes de Ciudad Juárez. Como el caso de Lucía, una mujer que vive en Ciudad Juárez y pasa todos los días el puente para cuidar a un viejito gringo en El Paso, un buen día formada en la fila para entrar a Estados Unidos medita, espera, cambia el peso de un pie a otro, sale un guardia de Migración y grita: “Los que van a la escuela de este lado, los que van a trabajar de este otro”, Lucía se forma primera en la fila de los trabajadores, el guardia le arrebata la visa: “Señora, esta visa no es para trabajar”. A Lucía el mundo se le cae, ya no ganará diez dólares la hora, ahora trabajará en México a diez dólares el día porque en Cd. Juárez tener visa es el cedazo que te separa de los demás, es pertenecer a otra clase social.

Y así como este son los más de 28 cuentos que conforman este libro. 28 historias que denuncian que en cuestión de antropología urbana todavía nos falta mucho por conocer, pues la condición humana es maravillosa, desafiante y tantas veces lastimosa.

Miguel escribe sobre el comportamiento delirante de los juarenses, y también el de algunos norteamericanos, tal es el caso del relato de nombre “Friendly Fire”, donde el protagonista sufre un racismo exacerbado por sus compañeros policías en la ciudad de Santa Fe, por el solo hecho de parecer mexicano, cuando en verdad es un indígena navajo, heredero de las tribus originarias y primeras dueñas de Norteamérica, un nativo de Estados Unidos que le toca sufrir una tragedia por discriminación. Este es un relato para comentarlo, desmenuzarlo, aplicarle filosofía platónica, religión o leyes y abrir el debate en las redes.

De la ciudad de Chihuahua a Cd. Juárez son cuatro horas de carretera y sin embargo las diferencias culturales son muchas, en Juárez comienza el spanglish, miles de niños y jóvenes atraviesan la frontera diariamente para ir a las escuelas de El Paso, Texas, porque allá sin duda estarán mejor preparados, listos para trabajar en Estados Unidos, hacerse ricos en Estados Unidos, casarse en Estados Unidos, tener hijos en Estados Unidos y jubilarse en Estados Unidos. Es el sueño de casi todos los padres de familia de Ciudad Juárez y de algunos de aquí. Yo misma, ante la incertidumbre política que vivimos y aprovechando que tengo los ojos verdes, le ando buscando. A lo mejor y encuentro alguien que me reclame.

Todas son historias fronterizas que nos conmueven, esos casos que no quisiéramos saber, pero que nos describen la ignorancia académica, la pobreza, la carencia espiritual, la lucha por la sobrevivencia que sucede en esta controvertida ciudad.

Cada cuento de Miguel es una incógnita, un dechado de ironía, luego hay que releerlos, porque esa incógnita no se delata a la primera pasada, sobre todo por esas palabras regionalistas fronterizas como wetback, que significa un espalda mojada, así se le llamaba, hace frescos 50 años, a quienes atravesaban el río Bravo, en aquellos tiempos no eran indocumentados, eran wetback.

Hay relatos escritos anteriormente de la tragedia racista en El Paso, Texas, y que nos la contaron antes de que sucediera, sólo era cuestión de tiempo. Y lo fue.

Algunas de estas narraciones nos dejan desencanto, otras, coraje, unas más con la mente en blanco, porque, fíjese usted, ninguna es de superación personal, de elevar la autoestima o de hacerse rico, sino de las realidades paradójicas de este mundo.

www.silviagonzalez.com.mx

En la Feria del Libro de Chihuahua presenté un libro de cuentos, historias de la vida diaria en Ciudad Juárez, lo escribió un chico fronterizo, y digo fronterizo porque dedujimos, como ya lo han hecho algunos antropólogos e intelectuales, que no es lo mismo ser juarense que ser fronterizo. Juarenses son los que no tienen visa para entrar a Estados Unidos, fronterizos son los que viven acá, pero trabajan o estudian allá y todos los días atraviesan el puente. Son cuentos formados en la observación irónica de los habitantes de Ciudad Juárez. Como el caso de Lucía, una mujer que vive en Ciudad Juárez y pasa todos los días el puente para cuidar a un viejito gringo en El Paso, un buen día formada en la fila para entrar a Estados Unidos medita, espera, cambia el peso de un pie a otro, sale un guardia de Migración y grita: “Los que van a la escuela de este lado, los que van a trabajar de este otro”, Lucía se forma primera en la fila de los trabajadores, el guardia le arrebata la visa: “Señora, esta visa no es para trabajar”. A Lucía el mundo se le cae, ya no ganará diez dólares la hora, ahora trabajará en México a diez dólares el día porque en Cd. Juárez tener visa es el cedazo que te separa de los demás, es pertenecer a otra clase social.

Y así como este son los más de 28 cuentos que conforman este libro. 28 historias que denuncian que en cuestión de antropología urbana todavía nos falta mucho por conocer, pues la condición humana es maravillosa, desafiante y tantas veces lastimosa.

Miguel escribe sobre el comportamiento delirante de los juarenses, y también el de algunos norteamericanos, tal es el caso del relato de nombre “Friendly Fire”, donde el protagonista sufre un racismo exacerbado por sus compañeros policías en la ciudad de Santa Fe, por el solo hecho de parecer mexicano, cuando en verdad es un indígena navajo, heredero de las tribus originarias y primeras dueñas de Norteamérica, un nativo de Estados Unidos que le toca sufrir una tragedia por discriminación. Este es un relato para comentarlo, desmenuzarlo, aplicarle filosofía platónica, religión o leyes y abrir el debate en las redes.

De la ciudad de Chihuahua a Cd. Juárez son cuatro horas de carretera y sin embargo las diferencias culturales son muchas, en Juárez comienza el spanglish, miles de niños y jóvenes atraviesan la frontera diariamente para ir a las escuelas de El Paso, Texas, porque allá sin duda estarán mejor preparados, listos para trabajar en Estados Unidos, hacerse ricos en Estados Unidos, casarse en Estados Unidos, tener hijos en Estados Unidos y jubilarse en Estados Unidos. Es el sueño de casi todos los padres de familia de Ciudad Juárez y de algunos de aquí. Yo misma, ante la incertidumbre política que vivimos y aprovechando que tengo los ojos verdes, le ando buscando. A lo mejor y encuentro alguien que me reclame.

Todas son historias fronterizas que nos conmueven, esos casos que no quisiéramos saber, pero que nos describen la ignorancia académica, la pobreza, la carencia espiritual, la lucha por la sobrevivencia que sucede en esta controvertida ciudad.

Cada cuento de Miguel es una incógnita, un dechado de ironía, luego hay que releerlos, porque esa incógnita no se delata a la primera pasada, sobre todo por esas palabras regionalistas fronterizas como wetback, que significa un espalda mojada, así se le llamaba, hace frescos 50 años, a quienes atravesaban el río Bravo, en aquellos tiempos no eran indocumentados, eran wetback.

Hay relatos escritos anteriormente de la tragedia racista en El Paso, Texas, y que nos la contaron antes de que sucediera, sólo era cuestión de tiempo. Y lo fue.

Algunas de estas narraciones nos dejan desencanto, otras, coraje, unas más con la mente en blanco, porque, fíjese usted, ninguna es de superación personal, de elevar la autoestima o de hacerse rico, sino de las realidades paradójicas de este mundo.

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