/ jueves 17 de enero de 2019

Rompiendo la rutina sobre la destrucción de adoratorios y códices

De acuerdo a Torres de Mendoza, Hernán Cortés, al adueñarse de México, prohibió sin excusas o atenuaciones los sacrificios humanos (por desollamiento, flechas, lanzas, inanición, combate, cardioectomía, ahogamiento, juegos, congelamiento, golpes). El emperador Carlos V manda en Cédula de 1523 que “derriben… ídolos y adoratorios… y sus sacrificios, y prohíban… con graves penas a los indios, idolatrar y comer carne humana”. Narra Jerónimo de Mendieta que se sabía que todavía “por los cerros y lugares arredrados y de noche” se hacían sacrificios humanos.

Aun, si se pusiera en peligro la predicación del Evangelio, no pocos españoles, generalmente llevados por el temor, el escrúpulo y la conciencia, según Mendieta, pensaban que no se podía hacer con buena conciencia aquel daño a los indios en sus edificios, que se debían conservar algunos templos “para memoria”, o que existía la posibilidad de que los indios se rebelaran. Pero, por otro lado, por testimonio del clérigo Alonso Rodríguez, los sacrificios continuaban en su comarca, también, “por un libro de figuras” que marcaba muchas de las fiestas del año indígena.

Con templos como fortalezas, físicas o intelectuales, tapizados con una gruesa costra de sangre humana, era difícil que los ídolos y los libros pintados subsistieran con otro uso, sin ser reducto de oposición y fundamento de las prácticas que conducían a los sacrificios humanos, pues los misioneros eran pocos, los paganos y sus ministros eran muchos, y los propios aztecas, según su escritura jeroglífica, sólo aceptarían la señal del triunfo español hasta llegar al incendio de los teocallis de su pueblo. Para Bernal Díaz eran sitios de matadero, no de bestias, sino de hombres.

No puede ignorarse la colaboración de los indios convertidos, principalmente de clase pobre, en el gran esfuerzo que requería la destrucción de todos aquellos instrumentos empapados en la sangre de los suyos. Para muchos de ellos habrá sido un alivio de gratitud sustituir con una catedral el lugar donde se alzaban sus dioses, verdaderos demonios, siempre sedientos de muerte. De los libros, como se espera en tiempos de guerra, soldados de Cortés y sus aliados tlaxcaltecas, quemaron todos los archivos reales de toda la Nueva España, según Fernando de Alba Ixtlixochitl.

Si con la destrucción de ciudades en guerra sumamos que el rey azteca Ixcoatl quemó archivos con anterioridad, que a la llegada de los españoles muchos documentos fueron escondidos y se deterioraron, y al poco interés que, en general, hay por libros, archivos y memoriales en épocas como la expulsión de los jesuitas, del presidente Benito Juárez y la rapiña de extranjeros, no debe extrañarnos que, aún hoy, perdamos nuestros tesoros bibliográficos. Es difícil pensar que sólo los misioneros destruyeran los registros antiguos, si en sus crónicas se conservó el legado indígena.

Finalmente, la dimensión de los sacrificios humanos que encaran los religiosos o conquistadores en Mesoamérica, y la fuerza de las medidas tomadas contra éstos, se pueden entender con el desciframiento de los glifos mayas. Los epigrafistas encuentran sangre en todos lados: niños, mujeres, cautivos que les arrancan la cabellera, destripan, mutilan y sacrifican en la hoguera; montañas sangrientas de cráneos apilados, torturas rituales; antiguas palabras mayas que hablan de demoler ciudades, capturar, quemar, decapitar. Las cosmovisiones indígena-pagana y español-cristiana fueron similares en la guerra, pero irreconciliables en la paz.

agusperezr@hotmail.com

De acuerdo a Torres de Mendoza, Hernán Cortés, al adueñarse de México, prohibió sin excusas o atenuaciones los sacrificios humanos (por desollamiento, flechas, lanzas, inanición, combate, cardioectomía, ahogamiento, juegos, congelamiento, golpes). El emperador Carlos V manda en Cédula de 1523 que “derriben… ídolos y adoratorios… y sus sacrificios, y prohíban… con graves penas a los indios, idolatrar y comer carne humana”. Narra Jerónimo de Mendieta que se sabía que todavía “por los cerros y lugares arredrados y de noche” se hacían sacrificios humanos.

Aun, si se pusiera en peligro la predicación del Evangelio, no pocos españoles, generalmente llevados por el temor, el escrúpulo y la conciencia, según Mendieta, pensaban que no se podía hacer con buena conciencia aquel daño a los indios en sus edificios, que se debían conservar algunos templos “para memoria”, o que existía la posibilidad de que los indios se rebelaran. Pero, por otro lado, por testimonio del clérigo Alonso Rodríguez, los sacrificios continuaban en su comarca, también, “por un libro de figuras” que marcaba muchas de las fiestas del año indígena.

Con templos como fortalezas, físicas o intelectuales, tapizados con una gruesa costra de sangre humana, era difícil que los ídolos y los libros pintados subsistieran con otro uso, sin ser reducto de oposición y fundamento de las prácticas que conducían a los sacrificios humanos, pues los misioneros eran pocos, los paganos y sus ministros eran muchos, y los propios aztecas, según su escritura jeroglífica, sólo aceptarían la señal del triunfo español hasta llegar al incendio de los teocallis de su pueblo. Para Bernal Díaz eran sitios de matadero, no de bestias, sino de hombres.

No puede ignorarse la colaboración de los indios convertidos, principalmente de clase pobre, en el gran esfuerzo que requería la destrucción de todos aquellos instrumentos empapados en la sangre de los suyos. Para muchos de ellos habrá sido un alivio de gratitud sustituir con una catedral el lugar donde se alzaban sus dioses, verdaderos demonios, siempre sedientos de muerte. De los libros, como se espera en tiempos de guerra, soldados de Cortés y sus aliados tlaxcaltecas, quemaron todos los archivos reales de toda la Nueva España, según Fernando de Alba Ixtlixochitl.

Si con la destrucción de ciudades en guerra sumamos que el rey azteca Ixcoatl quemó archivos con anterioridad, que a la llegada de los españoles muchos documentos fueron escondidos y se deterioraron, y al poco interés que, en general, hay por libros, archivos y memoriales en épocas como la expulsión de los jesuitas, del presidente Benito Juárez y la rapiña de extranjeros, no debe extrañarnos que, aún hoy, perdamos nuestros tesoros bibliográficos. Es difícil pensar que sólo los misioneros destruyeran los registros antiguos, si en sus crónicas se conservó el legado indígena.

Finalmente, la dimensión de los sacrificios humanos que encaran los religiosos o conquistadores en Mesoamérica, y la fuerza de las medidas tomadas contra éstos, se pueden entender con el desciframiento de los glifos mayas. Los epigrafistas encuentran sangre en todos lados: niños, mujeres, cautivos que les arrancan la cabellera, destripan, mutilan y sacrifican en la hoguera; montañas sangrientas de cráneos apilados, torturas rituales; antiguas palabras mayas que hablan de demoler ciudades, capturar, quemar, decapitar. Las cosmovisiones indígena-pagana y español-cristiana fueron similares en la guerra, pero irreconciliables en la paz.

agusperezr@hotmail.com

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