/ jueves 21 de mayo de 2020

Cuarentena y recompensa

¿Qué es lo que hace que una persona rompa su cuarentena como si no quisiera dejar pasar la oportunidad de ponerse en riesgo para infectarse sin justificación? Del salto base, puenting o paracaidismo, a las historias de terror zombie o brujeril de Stephen King contadas alrededor de la fogata, parecerían un intento de oponerse al impulso de autoconservación. Y es posible que esto se deba, de acuerdo con el neurocientífico Dean Burnett, a que los postres y el miedo dependan de la misma región cerebral: la vía mesolímbica, circuito dopaminérgico o mesolímbico de recompensa.

Esta es una de las vías o circuitos que canalizan la gratificación o la recompensa que hace posible que la gente se la pase bien pasando miedo. Usualmente, las sensaciones positivas y placenteras se activan porque el cerebro aprueba actos que satisfacen nuestras funciones biológicas, como alimentarse. Pero otros eventos causan una activación mucho más intensa, el cerebro dice que está bien y que deberíamos de hacerlo de nuevo, lo que potencialmente puede conducir a un cambio de comportamiento. Pero, ¿cómo puede ser el miedo y el peligro apetecibles? Pues, somos curiosos.

Nos sentimos atraídos por el valor de la novedad, a menudo, de un modo autodestructivo, para reconocer la posibilidad de peligro de un suceso, lo que puede activar la respuesta de lucha o huida de un modo muy intenso para el cuerpo. Pero lo normal es que el miedo o peligro desaparezcan de pronto y que, gracias a lo que hicimos para que el mal o la muerte no ocurrieran, se desencadene una respuesta de recompensa y alivio, tan potente y placentera, como para repetir lo que hicimos para salvarnos. El sugestivo recuerdo de lo sucedido tendrá un fuerte eco emocional y preventivo.

Sólo la emoción auténtica de un peligro real, que el cerebro distingue de uno imaginario, dará el miedo de verdad para sentirse “vivo”. Mientras menos control tengamos, más excitante será. Pero el deseo de buscar el riesgo, irónicamente, puede bloquear también la capacidad de sentirlo cuando está ahí, al acostumbrarse a la presencia repetida de un estímulo (habituación). Tampoco olvidemos que es probable que el primero que rompa la cuarentena sea el Gobierno, porque le va a decir a la gente que “salga” sin la seguridad de que la pandemia haya terminado a falta de pruebas médicas.

Cierto, el cerebro de algunas personas puede ser víctima de su éxito por una desconfianza autodestructiva de no estar a salvo del Covid-19 (paranoia). Para otras, la cuarentena será sólo un nivel en la escala que busca mayores estímulos. El resto, simplemente, disfrutaremos la experiencia de toparse con algo que cause miedo, en las películas. Y en la noche, cuando el perchero del cuarto nos inquiete, recordaremos lo que un sabio enseñó una vez: “Un día vamos a morir, Snoopy” –dijo Charlie. “Cierto Charlie, pero los otros días no” –sentenció Snoopy. agusperezr@hotmail.com


¿Qué es lo que hace que una persona rompa su cuarentena como si no quisiera dejar pasar la oportunidad de ponerse en riesgo para infectarse sin justificación? Del salto base, puenting o paracaidismo, a las historias de terror zombie o brujeril de Stephen King contadas alrededor de la fogata, parecerían un intento de oponerse al impulso de autoconservación. Y es posible que esto se deba, de acuerdo con el neurocientífico Dean Burnett, a que los postres y el miedo dependan de la misma región cerebral: la vía mesolímbica, circuito dopaminérgico o mesolímbico de recompensa.

Esta es una de las vías o circuitos que canalizan la gratificación o la recompensa que hace posible que la gente se la pase bien pasando miedo. Usualmente, las sensaciones positivas y placenteras se activan porque el cerebro aprueba actos que satisfacen nuestras funciones biológicas, como alimentarse. Pero otros eventos causan una activación mucho más intensa, el cerebro dice que está bien y que deberíamos de hacerlo de nuevo, lo que potencialmente puede conducir a un cambio de comportamiento. Pero, ¿cómo puede ser el miedo y el peligro apetecibles? Pues, somos curiosos.

Nos sentimos atraídos por el valor de la novedad, a menudo, de un modo autodestructivo, para reconocer la posibilidad de peligro de un suceso, lo que puede activar la respuesta de lucha o huida de un modo muy intenso para el cuerpo. Pero lo normal es que el miedo o peligro desaparezcan de pronto y que, gracias a lo que hicimos para que el mal o la muerte no ocurrieran, se desencadene una respuesta de recompensa y alivio, tan potente y placentera, como para repetir lo que hicimos para salvarnos. El sugestivo recuerdo de lo sucedido tendrá un fuerte eco emocional y preventivo.

Sólo la emoción auténtica de un peligro real, que el cerebro distingue de uno imaginario, dará el miedo de verdad para sentirse “vivo”. Mientras menos control tengamos, más excitante será. Pero el deseo de buscar el riesgo, irónicamente, puede bloquear también la capacidad de sentirlo cuando está ahí, al acostumbrarse a la presencia repetida de un estímulo (habituación). Tampoco olvidemos que es probable que el primero que rompa la cuarentena sea el Gobierno, porque le va a decir a la gente que “salga” sin la seguridad de que la pandemia haya terminado a falta de pruebas médicas.

Cierto, el cerebro de algunas personas puede ser víctima de su éxito por una desconfianza autodestructiva de no estar a salvo del Covid-19 (paranoia). Para otras, la cuarentena será sólo un nivel en la escala que busca mayores estímulos. El resto, simplemente, disfrutaremos la experiencia de toparse con algo que cause miedo, en las películas. Y en la noche, cuando el perchero del cuarto nos inquiete, recordaremos lo que un sabio enseñó una vez: “Un día vamos a morir, Snoopy” –dijo Charlie. “Cierto Charlie, pero los otros días no” –sentenció Snoopy. agusperezr@hotmail.com


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